Vinicio Hernández y su libro: el camarógrafo de Trujillo

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La amistad es el afecto o cariño entre las personas, como sinónimo es el compañerismo o la hermandad entre amigos.

Hace más de tres décadas que mantengo una relación casi familiar con el amigo Vinicio Hernández, quien está casado con mi distinguida compueblana ingeniera Mary Medina una joven dama que, en sus años mozos, representó a nuestro pueblo de Salcedo en los certámenes nacionales de belleza que celebraba La Voz Dominicana en sus efemérides anuales.

Doña Luisa Tabar fue la madre de doña Mary quien sin ningún título magisterial sino por su vocación, se distinguió como una excelente maestra de alfabetización y una experta en la aplicación de los Test ABC del educador brasileño Dr. Lorenzo Filho, que medían las destrezas y habilidades de los niños para asimilar el proceso de la alfabetización.

Desde el punto de vista histórico, el libro de Vinicio es un excelente medio para que la ciudadanía conozca aspectos trascendentales en los cuales Trujillo fue un actor de primer orden, entre los que cabe destacar los siguientes:

I.- Trujillo y monseñor Panal.

El 1960 puede señalarse como el año que inició el rompimiento del régimen trujillista con la Iglesia Católica, cuyo desenlace se originó primero con la Carta Pastoral que se leyó en todos los templos católicos el Día de la Altagracia en 1961 en la que exigió:

- La excarcelación de todos los presos políticos;
- El cese de las torturas a que eran sometidos en la cárcel; y
- Las negativas de la alta dirigencia de la Iglesia Católica a concederle al Jefe el pretendido título: Benefactor de la Iglesia.

El obispo de San Juan de la Maguana Thomas O’Realy y el de La Vega, Francisco Panal fueron los que más vejaciones sufrieron por parte del gobierno de Trujillo.

En ese tiempo Trujillo hizo una visita a La Vega siendo recibido en la puerta principal de la Catedral por Francisco Panal y otros dos concelebrantes quienes eran los hermanos Pedro y Juan Luis Ramírez.

La Catedral estaba abarrotada de fieles pero al momento de la homilía, Panal arremetió contra Trujillo que aceleró el pulso de todos los presentes, y entre otras cosas le dijo:

- Permitidme, amado Jefe, que en la intimidad con nuestro Dios os cuente de amigo mis penas más íntimas, que en esta ocasión son tan hondas y amargas como no las he sufrido en el pasado, ni creo que las pueda pasar más intensas en el futuro.

Continuó denunciándole todas las barbaridades de las que habían sido objeto tanto él como los demás sacerdotes de su Diócesis.
A su vez, le mandaba a “detener el baño de sangre que estaba sufriendo el país. Su régimen no puede seguir llevando luto a tantas familias”.

Antes de la bendición que daría término al acto religioso, dijo:
-Querido Jefe, arrodíllese.

En los siguientes breves momentos, Trujillo no pareció darse por aludido. De seguro aquello le causó una gran sorpresa, lo que hizo que monseñor permaneciera estático y absolutamente en silencio, demostrando con su actitud que estaba decidido a no continuar la celebración a menos que su petición fuera absolutamente acogida. En ese momento cuando don Cucho, a manera de advertencia, tocó dos veces uno de los hombros del generalísimo logrando que este, finalmente, se arrodillara.

Monseñor Panal entonces retomó, con asombrosa calma y majestuosidad, el curso de la celebración pronunciando, en latín, la bendición para todo el pueblo de Dios. Para culminar, pidió vivas para la Iglesia Católica, para el romano pontífice, para la jerarquía eclesiástica dominicana y para el pueblo católico en general, lo que todos hicieron al mismo tiempo, lo cual generó una estruendosa vibración dentro del templo. Imposible describir la expresión de sorpresa combinada con miedo e incertidumbre que se reflejaba en el rostro de cada uno de los presentes. Hubo momentos en que parecía que toda esa gente se estaba preguntando qué hacer y qué estaría por suceder.

Tan pronto terminó la liturgia y desde la puerta lateral que daba hacia el Parque Duarte, una especie de “turba de merengue y ron”, compuesta por personas cuya apariencia delataba su tigueraje, para decirlo en el argot popular dominicano, arrancaron con un merengue alabando al Jefe, mientras se oían voces que gritaban “¡Viva Trujillo!”. Recuerdo, dice Vinicio, que una persona muy mayor al pasar por su lado exclamó: “El mundo se está acabando”.

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