Cambalache

Decir que una sociedad es conservadora o liberal es, quizás, un exceso. Más preciso sería afirmar que las élites de esas sociedades lo son. Más aún en colectividades como la nuestra, donde no existe lucha ni postura ideológica real, y las “diferencias” se diluyen en colores, eslóganes y marketing político.

Desde el nacimiento de la República, nuestras élites dirigentes han sido, en lo esencial, “conservadoras”. Incluso hoy, en cuestiones que otros países superaron hace décadas, gastamos energías en luchas fratricidas con poco componente ideológico y mucho de bulla, amenazas y teatralidad.

La falta de discursos coherentes entre la mayoría de los miembros de la élite política dificulta cualquier ubicación ideológica seria. Prevalecen las pugnas electorales, la ausencia de consensos, y el “gatopardismo” como herramienta para calmar a grupos de presión mientras, en los salones y pasillos, la fiesta continúa.

No hemos construido una “nación de ciudadanos” sino una nación de clientes-políticos, donde los derechos no se exigen y los deberes no se cumplen. En esta sociedad deficitaria, lo importante es la cercanía con el amigo, líder, guía o caudillo. Lo demás no existe, o solo existe en la medida que sea útil para lograr el fin personal o de grupo perseguido.

Si de verdad quisiéramos esa nación de ciudadanos capaces de “parársele en dos patas” al poder, exigir sus derechos y el cumplimiento de la Constitución y las leyes, deberíamos comenzar por acuerdos mínimos, concretos, casi domésticos. Ganar espacios poco a poco. No puede ser de otra forma: no hay condiciones para un salto brusco. El cambio —el verdadero— no solo debe ser lento, sino necesariamente difícil.

La eterna disputa entre “posturas” conservadoras y liberales se manifestó durante más de dos décadas en el debate del Código Penal. Allí convivieron la necesidad de actualizar la norma, el punitivismo excesivo, el populismo penal y los vetos por razones religiosas, lo cual impedía su promulgación. Hoy la discusión formal parece concluir, pero con un texto que deja en el aire problemas que debieron resolverse y que pospone para “otro momento” que, como suele pasar en el país, nadie sabe cuándo será.

Nuestros legisladores, en su mayoría, parecen carecer de convicciones sólidas y de compromisos con la sociedad. El hemiciclo, como cuerpo, ha sido cuestionado por legislar más para intereses de grupo que para el conjunto del país. Han olvidado que deberían trabajar para todos, sin distinción de creencias o parcelas políticas, y que, al menos en teoría, son el primer poder del Estado. Pero vivimos en una democracia meramente electoral donde, cual Babel bíblica, no hay confusión de lenguas, sino ideológica, sin debates ni contradicciones políticas profundas. Por esto, como sociedad, nos parecemos al catoblepas, ese animal mitológico que, según Borges, se devoraba a sí mismo empezando por los pies. Años dando vueltas, y cuando parece que avanzamos un paso, retrocedemos tres inmediatamente. Pero estamos obligados a seguir, adaptarnos y, quizás, hasta ver el vaso medio lleno.

Sin embargo, no sé por qué, todo esto me recuerda “Cambalache”, el tango que interpreta Enrique Santos Discépolo, de 1934 y que, por desgracia, parece escrito ayer.

¡Ah, la vida!

Posted in Sin categoría

Más de sin-categoria

Más leídas de sin-categoria

Las Más leídas