Una nota sobre la justicia (II)

La idea de procurar la felicidad para el mayor número posible de ciudadanos resulta atractiva, pero, como todas las demás, complicada. La misma es parte de la ideología fundacional norteamericana (“la búsqueda de la felicidad”), y del liberalismo&

La idea de procurar la felicidad para el mayor número posible de ciudadanos resulta atractiva, pero, como todas las demás, complicada. La misma es parte de la ideología fundacional norteamericana (“la búsqueda de la felicidad”), y del liberalismo político. Es decir, son ideas que fortalecen el “individualismo”, bajo el argumento de que “la prosperidad comunitaria sería un efecto colateral del egoísmo particular, pues únicamente la persecución del interés individual produciría paradójicamente un bienestar social”, (Nota al pie, Pág. 133, Crítica de la razón práctica, Kant, Alianza Editorial, 2000).

Ahora, si pensamos en “la felicidad” como principio asimilable a “justicia”, concluiríamos que sus postulados no serían universales, aunque bien podrían suministrar reglas generales. El problema es, como bien plantea Kant, que esta “se basa sobre todo en datos empíricos y cualquier juicio a este respecto depende sobremanera de la opinión de cada cual, que por añadidura ese harto mudable de suyo (…)”, (Kant, 126). Por vía de consecuencia, el problema de asimilar la “justicia” a la “felicidad”, implica la imposibilidad de sustentar alguna “ley práctica”.

Sin embargo, Kant diferencia “el principio de la felicidad” de lo que denomina “la ley moral”. La primera es inasible, como vemos, la segunda, en cambio “se piensa como algo necesariamente objetivo porque debe valer para cualquiera que posea razón y voluntad”. Podría, incluso, estar presente en reglas de universal aplicación. “La justicia”, en cambio, no podría ser reducida a “reglas prácticas”, pues “descansa siempre sobre condiciones subjetivas” que procuran ser universales y aplicables a “seres racionales”, aunque parte de la total libertad individual para actuar.

¿De dónde surge la incorpórea justicia? Sófocles nos dice, en Antígona, que “las leyes no escritas e inquebrantables de los dioses. Éstas no son de hoy ni de ayer, sino de siempre, y nadie sabe de dónde surgieron”. Claro, la palabra “ley” la utiliza en la medida que utilizamos hoy la “justicia”. Luego, afirma el gran dramaturgo que: “Hades, sin embargo, desea leyes iguales. Pero no que el bueno obtenga lo mismo que el malvado”.

El escollo es llevar esto que denominamos “justicia” y que debe ser “igual para todos” al ciudadano, y aquí podemos entender a “la justicia” como un procedimiento contenido con una serie de “garantías” que, de aplicarse correctamente, daría un resultado equitativo, justo.

Ahora, el “procedimiento” legalmente establecido podría ser injusto. También, los que deben “aplicarla”, podrían equivocarse o simplemente “decidir” mal. Entonces “lo legal no necesariamente sería lo justo”. Lo que nos deja en el planteamiento inicial: imposible definirla.

La justicia parece un deseo de la humanidad aún no consumado, ni saciado. No lo fue ayer y seguro tampoco lo será mañana. Es un “deseo” que no se puede contener en una definición o en un texto legal; que no se puede explicar en una monografía o tratado, pero que bien vale el quimérico riesgo de intentar alcanzarlo, pocas cosas merecen tanto.

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