Antonio Gómez Sotolongo
Especial para elCaribe
Durante seis noches de agosto (21, 22, 23, 28, 29, 30) en la sala Ravelo del Teatro Nacional Eduardo Brito, de Santo Domingo, estuvo en cartelera la obra teatral Brito, escrita por Reynaldo Disla, bajo la dirección de Manuel Chapuseaux con las actuaciones de Héctor Aníbal Estrella, Elvira Taveras, Ernesto Báez, Augusto Feria, Michelle Cruz, Orestes Amador y Lidia Ariza; las escenografías de Liliana Soto, los vestuarios de Laura Guerrero y las coreografías de Wyleydy Contreras.
Después de haber visto (23 ago. 2026) la obra y leído algunas de las críticas publicadas, siento que algo falta por subrayar y es lo que voy a argumentar a continuación. Teniendo en cuanta que esta es la primera vez que se registra el estreno mundial de una obra teatral basada en la vida y obra de Eduardo Brito, un artista dominicano que durante la primera mitad del siglo XX brilló en los escenarios más exigentes de su época, de quien se conserva una muestra más que fehaciente de su gran popularidad en cada una de las sesenta grabaciones que registra la Discografía de grabaciones históricas estadounidenses, teniendo en cuenta el brillo, la energía, el fulgor y el latir de esa voz que aún hoy nos retumba en el pecho al escucharla, no merecía que el golpe de vista de la escena en la que se desnudaba su vida fuera tan lúgubre.
Una de las líneas que Disla pone en boca de Brito dice lo siguiente: «Lo que hay que buscai siempre (son) las cosas bonitas de la vida, las cosas feas y desagradables de la vida, no hay que buscailas, poique vienen solas», y ese debió ser el horcón para sostener la obra; sin embargo, el autor optó por buscar las cosas que vienen solas.
El autor optó por remachar en la memoria las leyendas urbanas, las que se conservan en una nube de dichos y testimonios verdaderos o falsos, removiendo la supuesta o cierta animadversión del tirano hacia la figura del gran artista, optó por replantear la verdadera o falsa enfermedad y locura, optó por buscar las cosas feas y eso en mi criterio como espectador no es bueno cuando se trata de una vida que alcanzó un fulgor intenso, un brillo que competía con las más refulgentes estrellas de su época.
Eduardo Brito merece una investigación profunda de su muerte, envuelta en una nube de supuestos y dichos no documentados debidamente, pero más que eso Eduardo Brito merece una exaltación de sus bien documentados éxitos, de sus talentos excepcionales, de la divulgación de sus grabaciones disponibles y la búsqueda de las que aún esperan por ser descubiertas.
Esta página es una colaboración especial para este suplemento.
