El espectáculo de una civilización sin paradigmas

Antonio Gómez Sotolongo
agosto_ú[email protected]

Uno de los recuerdos de infancia que con más devoción atesoro, es la curiosidad que me causaba ver a mi abuelo sentado ante el televisor viendo el noticiero a las ocho de la noche.

A esa hora, todos los días, había toque de queda en su casa. No recuerdo que me pidiera alguna vez que lo acompañara en aquellos momentos; sin embargo, su estado me obligó un día a sentarme junto a él y tratar de entender lo que tanta curiosidad le causaba, y con los años aquello de «prestar atención», sobre todo a lo desconocido, se me pegó en la sesera.

Con la misma atención y curiosidad que mi abuelo veía aquellos noticieros, acabo de leer La civilización del espectáculo, de Mario Vargas Llosa, y en sus páginas, entre tantas preguntas y respuestas, pude aprehender que ese olvidar o no tener ejemplos, paradigmas o caminos ciertos que enrumbar, es la médula de estos tiempos, en los que la Gironda no pretende ascender a las montañas, ni los valles tratan de aproximarse a las altas cumbres, sino donde la fama rápida, fácil y efímera, que enriquece lícitamente, o no, se han convertido en el camino para mantenerse en el pantano y enaltecerlo.

Y esta es una opción peligrosa, porque produce poderes desmedidos, muchos más que los adjudicados a los buenos ejemplos, los valores morales y las buenas costumbres. Es peligroso porque la balanza se va de un solo lado, la correlación de fuerzas entre el bien y el mal está descosida.

El gesto importa más que los valores

Eso que desde algunas importantes atalayas con desprecio llaman élites, no son más que los archivos en los que durante siglos se conservaron, en las diferentes sociedades, las más importantes conquistas de la Humanidad. Sin embargo, como escribe MVL, «El político de nuestros días, si quiere conservar su popularidad, está obligado a dar una atención primordial al gesto, que importa más que sus valores y convicciones», y los gestos de hoy van contra esas llamadas élites, porque supuestamente son la prueba de la opresión, cuando en realidad son la luz hacia la que deberíamos andar.

Una cosa es sacar a la luz todo el conocimiento que sobrevive, para que todos seamos iguales ante la oportunidad de acceder a ellos; y otra bien distinta, es fusilar públicamente el valor de sacrificarse personalmente para adquirir esos conocimientos y disfrutar de lo más depurado de las artes y la cultura. Una cosa es democratizar el conocimiento de la cultura artística y literaria; y otra bien distinta, es pretender que las expresiones instintivas, al margen del yugo de las leyes estéticas, tienen por fuerza que suplantar la ética. Una cosa es tener iguales oportunidades para adquirir los conocimientos; y otra bien distinta, es acusar y condenar por «elitistas» a quienes con su aptitud y actitud aprehendieron lo necesario para ascender a las cumbres del saber.

Un arte para las masas, despojado de sus cualidades esenciales

Es muy común escuchar y leer aquello de «llevar el arte hacia las masas», es un eslogan que da votos a los políticos y funcionarios que pretenden hacerse con el favor del llamado «pueblo», y esto lo hacen sin darse cuenta -o quizás con pleno conocimiento de causa-, que con esto no están elevando el pueblo a las cimas del arte, sino todo lo contrario, están limpiando el arte de todas sus cualidades esenciales para ponerlo «a la carta», en la mesa de unos comensales que solamente tienen apetito ante el entretenimiento.

Lo esencial en las obras de los clásicos debería ser aprendido en las escuelas, pero eso no les va a los políticos ni a los líderes prosaicos, porque eso tiene costos que sobrepasan sus intereses personales. Y si esto se ve en los países de larga historia, en los que la Democracia y las ideas de República han calado profundamente, ¿¡cómo será en algunas de nuestras patrias, que por no dejar de olvidar, han olvidado ser países para convertirse en paisajes!?

Necesidad de un nuevo Renacimiento

Quizás la Humanidad deba vivir un nuevo Renacimiento, esta vez sería un Renacimiento Posmoderno que nos convocaría a volver la mirada hacia el siglo XV. No sé si estaremos a tiempo, pero pensando que la Humanidad ha estado tantas veces al borde de la extinción, y constatando que la tozudez y la casualidad aún nos mantienen sobre el planeta, muy probablemente algún día, el sueño de que los valles se eleven hacia las cumbres se vuelva realidad. Y nunca más la ignorancia pretenda ahogar la Inteligencia Humana. Nunca más se les falte a los mayores, verdaderos repositorios en los que se conservan los valores más puros de la Humanidad.

Quizás debamos vivir un Renacimiento Posmoderno, para que nunca más se discrimine, acuse y condene a la élite en la que se condensa el saber de nuestras sociedades, donde se preservan los paradigmas sagrados del conocimiento.

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