Morí por agua en una tierra donde el agua es milagro. Había pasado años temiendo la sed, midiendo odres, observando el horizonte con ansiedad cuando los pozos tardaban en aparecer. Y fue la abundancia súbita la que me reclamó.
Aïn Séfra no era el corazón del desierto, pero vivía bajo su ley. Las lluvias eran raras, casi festivas cuando llegaban. Aquella vez comenzaron como una bendición leve. El aire se volvió más fresco; la tierra exhaló un perfume antiguo. Recuerdo haber salido a la puerta y sentir las primeras gotas en el rostro. Sonreí.
—Dios nos visita —dijo una mujer vecina.
Nadie sospechó la violencia que se preparaba.Las lluvias no cesaron. El cielo, habitualmente impasible, se tornó plomizo. El oued, casi siempre seco, comenzó a llenarse con rapidez inquietante. Slimane miraba el cauce con preocupación.
—Sube demasiado rápido —murmuró.
Yo observaba el agua turbia arrastrando ramas y piedras. Había en ese movimiento algo fascinante, casi hipnótico.
—Es pasajero —dije.
No lo era. En cuestión de horas el murmullo se volvió estruendo. El agua desbordó su curso y comenzó a invadir las calles bajas. La casa donde nos refugiamos era modesta, construida con materiales que el desierto tolera, pero que el agua traiciona. El barro empezó a ceder. No hubo tiempo para grandes decisiones. El muro lateral crujió. Un sonido seco, definitivo. El suelo vibró bajo mis pies. Recuerdo haber intentado recoger algunos papeles —mis cuadernos— con un gesto instintivo y absurdo.
Slimane gritó algo que no distinguí. El mundo se inclinó. El agua entró como un animal desatado. Fría, pesada, brutal. Me golpeó el pecho, me arrancó el equilibrio. Sentí el impacto contra madera y piedra. El barro me envolvía las piernas. En ese momento no hubo metáfora. Hubo miedo físico. Intenté respirar. Tragué agua. El peso me arrastraba hacia abajo. Mis manos buscaban un asidero que no encontraba. Pensé, con una claridad sorprendente: “Así termina.” No hubo reproche. No hubo súplica. Solo constatación.
Y entonces ocurrió algo que solo ahora puedo describir sin confusión. Mientras el cuerpo luchaba y cedía, la conciencia se despegó del pánico. El ruido del agua se volvió lejano. El peso, menos opresivo. No vi luces ni visiones. Vi mi vida como una serie de movimientos: partida tras partida, rostro tras rostro, horizonte tras horizonte. Comprendí que nunca había sido dueña de nada, ni siquiera de mi nombre. Todo había sido tránsito. El agua que me cubría no era enemiga.Era continuidad. Recordé una frase escrita años antes:
“Viajar es aprender a desaparecer.” Sonreí —o creí sonreír— bajo el barro.
El desierto me había enseñado sequedad, vacío, reducción. El agua me enseñaba disolución. La arena modela; el agua arrastra. Ambas destruyen formas fijas. Morir así era coherente con mi vida: no por heroísmo, sino por lógica. Yo, que había rechazado toda estructura rígida, era ahora deshecha por la fuerza elemental.
El cuerpo cedió. La resistencia cesó. Y en ese cese hubo una expansión serena. No fue éxtasis. Fue sencillez. La conciencia se volvió amplia como el horizonte sahariano, pero sin límites físicos. Ya no había mujer ni hombre, ni europea ni musulmana, ni escritora ni viajera. Solo presencia. Comprendí entonces algo que en vida apenas intuía: el viaje exterior había sido preparación para esta última migración.
Mi cuerpo quedó atrapado bajo el barro. Mis papeles se dispersaron. Algunas páginas sobrevivieron, otras se deshicieron en la humedad. Nada me pertenecía ya. Los hombres hablaron de tragedia. Las crónicas anotaron mi muerte con brevedad administrativa. Para algunos fui aventurera imprudente; para otros, excéntrica extraviada.
Nadie podía comprender del todo la coherencia íntima de ese final. No elegí morir. Pero tampoco habría elegido otra vida.
Si algo aprendí en el instante final fue esto: no somos el viajero. Somos el viaje. Mi cuerpo fue estación provisional. Mi identidad, una tienda desmontable. Mi fe, un puente. El agua no me arrebató; me transformó. Y así, lo que comenzó como rebeldía juvenil culminó en disolución consciente. No hubo derrota. Hubo tránsito.
Epílogo. El viaje que no termina
Si algo puede extraerse de mi vida —más allá de la anécdota de una mujer vestida de hombre, de una europea convertida al islam, de una muerte bajo el barro argelino— es esto: el viaje no es desplazamiento, es transformación.
He sido presentada como exploradora. No lo fui en el sentido clásico. No levanté mapas ni reclamé territorios. Mi exploración fue interior, aunque se sirviera de geografías extremas.
El desierto no me interesó como escenario exótico, sino como instrumento de conocimiento interior. Allí donde no hay árboles ni muros, tampoco hay refugio para el autoengaño. El Sahara reduce al ser humano a su proporción exacta. Bajo su inmensidad comprendí que la identidad no es una esencia fija, sino una construcción que el viento modifica sin cesar.
Muchos temen esa inestabilidad. Necesitan definiciones firmes: nación, género, religión, oficio. Yo también intenté sostener algunas de ellas. Pero cada vez que me aferraba demasiado a una forma, el movimiento interior me obligaba a soltarla. No fue rebeldía adolescente prolongada. Fue fidelidad a una intuición profunda: nada humano es definitivo.
El viaje exterior —cruzar fronteras, adoptar un nombre nuevo, cambiar de vestiduras— fue solo la manifestación visible de un desplazamiento más radical. El yo mismo es un territorio mutable. En esto, el islam que abracé no fue contradicción sino coherencia. La palabra sumisión ha sido mal comprendida por quienes solo conocen la obediencia externa. Yo descubrí en ella una aceptación de la fugacidad de nuestra permanencia. Someterse a Dios es aceptar que el yo no es soberano. Esa lección no pertenece a una religión particular. Pertenece a la experiencia humana más desnuda.
El desierto y el agua —mis dos maestros finales— me enseñaron la misma verdad desde ángulos distintos. La arena modela y borra; el agua arrastra y disuelve. Ambas fuerzas recuerdan que toda forma es provisional. También lo es la vida.
He sido llamada extranjera. Lo fui siempre. Pero ahora comprendo que la extranjería no es defecto sino condición universal. Todo ser humano está de paso. Incluso quien no abandona su ciudad natal vive en tránsito hacia otra forma de sí mismo. El error no está en viajar demasiado, sino en creer que se puede permanecer intacto. Quien viaja con honestidad no regresa igual. Y quien intenta regresar exactamente igual, no ha viajado.
Mi vida fue breve. Pero la brevedad no invalida la intensidad. Una existencia medida en décadas puede ser superficial; otra, en años escasos, puede ser profunda. No recomiendo la imprudencia ni glorifico el riesgo. Solo afirmo que vivir sin examinar la propia verdad es una forma lenta de muerte.
Si alguien busca en mi historia un modelo, se equivocará. No soy ejemplo de estabilidad ni de prudencia. Tampoco de heroísmo. Fui, simplemente, fiel a una inquietud que no supe ni quise silenciar.
Y aquí viene mi confesión final, dirigida a quienes intenten comprenderme: No viajé solo por espiritualidad. No me convertí solo por fe. No vestí como hombre solo por necesidad práctica. Hubo en todo ello una mezcla de búsqueda y fuga. Huía de la estrechez, sí; pero también huía de mí misma en ciertos momentos. La pureza absoluta es una ficción retrospectiva.
Sin embargo, incluso esa mezcla imperfecta formaba parte del camino. Nadie emprende el viaje por razones completamente claras. Se parte por deseo, por dolor, por ambición, por asfixia, por amor. Solo después, al mirar atrás —o más allá— se descubre un hilo conductor. El mío fue la necesidad de verdad. No verdad doctrinal ni social, sino experiencia directa. Sentir el viento real, el hambre real, el riesgo real. Orar no por hábito, sino por desnudez interior. Amar sin garantías. Morí joven, pero no inconclusa. La muerte no interrumpió mi viaje; lo simplificó.
Si alguien, al leer estas páginas, siente la inquietud de abandonar una forma rígida de sí mismo, no le diré que parta hacia el desierto. El Sahara no es necesario para todos. El viaje puede ocurrir en una habitación silenciosa o en medio de una ciudad bulliciosa. Pero sí le diré esto: No se aferre demasiado a su nombre. No se aferre demasiado a sus certezas.
No se aferre demasiado a la idea de permanencia. Somos tránsito.
Yo fui llamada Isabelle. Fui llamada Si Mahmoud. Fui extranjera, musulmana, esposa, escritora. Ahora soy simplemente movimiento cumplido. El horizonte que contemplé tantas veces no era línea lejana, sino promesa interior. Y esa promesa no termina.
Autor: BASILIO RODRÍGUEZ CAÑADA
