El Manuscrito de Santo Domingo

Crónica periodística entre las leyendas y las sombras

Basilio Rodríguez Cañada
Especial para elCaribe
Capítulo 2. Viaje a Baní

Había pasado tres noches en Santo Domingo cuando decidí que necesitaba aire. La Zona Colonial me atrapaba con su belleza, pero también me asfixiaba con sus susurros. Tenía la sensación de que cada piedra me vigilaba.

Un colega local llamado Alfonso Quiñones, periodista cultural al que conocí en una redacción pequeña, me recomendó un viaje a Baní, un pueblo al sur, a poco más de una hora en carretera. “Allí todavía se cuentan las historias viejas”, me dijo. Y añadió, bajando la voz:

—Si quiere escribir sobre algo de verdad nuestro, pregunte por el Jinete sin Cabeza.
Me reí, pensando que era una versión criolla del mito europeo. Él no sonrió.

—No, Fidel. Aquí no es cuento. Aquí, si lo escuchas galopar detrás de ti… corres, o no lo cuentas.
Tomé una guagua destartalada desde la capital. El viaje fue un sacudón interminable entre el calor, la música de bachata a todo volumen y el pregón de los vendedores ambulantes que subían y bajaban ofreciendo jugos, panes y dulces de leche.

Baní me recibió con calles tranquilas, un calor seco y una plaza central donde el tiempo parecía detenido. Caminé hasta un colmado y pedí una botella de agua. El dueño, un hombre de bigote espeso y piel curtida, me miró de arriba abajo.

—Usted no es de aquí. ¿Qué lo trae?
Le expliqué lo del reportaje sobre leyendas. Sus ojos se estrecharon.

—¿Y ya le hablaron del Jinete?
Asentí.

—No pregunte más. Esa historia trae desgracia.
Pero ya era tarde para esa advertencia: mi curiosidad estaba encendida.
Esa noche, en una pequeña fonda, encontré a un grupo de hombres mayores jugando al dominó. Me acerqué con mi libreta y un ron. Pregunté por el Jinete sin Cabeza. Tras un silencio incómodo, uno de ellos habló:

—Eso pasó en los tiempos de la colonia. Un soldado español que cometió atrocidades contra los lugareños fue maldecido. Lo ajusticiaron, y su cabeza jamás fue encontrada. Desde entonces cabalga de noche, buscando quien pague sus culpas.
Otro agregó:

—Dicen que, si lo ves, tu vida se acorta. Que los caballos se alborotan antes de que aparezca, y que el aire huele a azufre.
Tomé nota de cada palabra, emocionado. Para mí era material perfecto: historia, mito y dramatismo.
Uno de los ancianos, el más callado, me miró con seriedad.

—Mire, periodista. No crea que porque viene de España esto es cuento. Esa cosa todavía anda. Yo lo escuché una vez, hace años. Corrí hasta que me sangraron los pies. Y le digo: la sombra me perseguía.
La mesa quedó en silencio. Yo forcé una sonrisa.

—Tranquilos, caballeros. No voy a salir a buscarlo. Solo escribo historias.
Pero mis palabras sonaban huecas incluso para mí.

Decidí quedarme en Baní dos noches. La segunda, un joven del pueblo se ofreció a llevarme en moto hasta las afueras, hacia un sendero que cruzaba cañaverales.

—Por ahí dicen que pasa el Jinete —comentó, divertido—. Pero usted verá que no hay nada.
Acepté, convencido de que era una oportunidad para recoger impresiones reales del entorno. Partimos al caer la noche. El aire estaba denso, y los cañaverales se mecían como si ocultaran secretos.
A mitad del camino, el muchacho apagó la moto.

—¿Lo oye? —susurró.
Al principio no escuché nada. Luego, un sonido retumbó a lo lejos: cascos de caballo golpeando la tierra, rítmicos, cada vez más cercanos.
—Debe ser un jinete cualquiera —dije, intentando mantener la calma.
Pero el chico me agarró del brazo, con los ojos desorbitados.
—Aquí no hay caballos de noche.

El galope se acercaba. Entonces, un hedor penetrante, a azufre y sangre, nos envolvió. Entre los cañaverales emergió la figura. Un caballo negro, enorme, de ojos encendidos como brasas. Sobre él, un cuerpo armado con coraza oxidada… y sin cabeza. El torso sostenía las riendas con firmeza, pero allí donde debía estar el rostro solo había un vacío oscuro, del que salía un silbido como viento maldito.

El joven gritó y arrancó la moto. Yo, paralizado, apenas alcancé a sujetarme. El galope resonaba detrás de nosotros, cada vez más cerca. El suelo temblaba, los cañaverales se agitaban como si el mismo infierno nos persiguiera.

No sé cuánto corrimos. El motor rugía al límite, y aun así el galope no se alejaba. Hasta que, de pronto, un silencio absoluto nos envolvió. Ni grillos, ni viento, ni pasos. Solo el latido acelerado en mis sienes.
Al mirar atrás, no había nada.

Llegamos al pueblo temblando. El joven se negó a hablar del tema. Yo, en cambio, no podía dejar de escribir. Mis manos temblaban mientras anotaba: “El Jinete sin Cabeza no es mito. Lo vi. O mejor: me vio a mí.”

Esa noche soñé con el caballo, con el vacío oscuro donde debía estar el rostro. Desperté con un olor a azufre impregnado en mi ropa. No era un sueño.

Antes de marcharme de Baní, volví a la fonda a despedirme de los ancianos. Les conté lo ocurrido. Nadie se sorprendió.

—Le dijimos que no preguntara —dijo el más viejo—. Ahora ya lo marcó. Donde vaya, ese recuerdo lo seguirá.

Yo quise reír, quitar hierro, pero no pude. Algo en mi interior sabía que no había escapado del todo. Que ese galope resonaría en mis pesadillas.

Partí de Baní con la certeza de que ya no estaba investigando leyendas. Estaba recopilando pruebas de una verdad insoportable.

Leyenda
Si quiere escribir sobre algo de verdad nuestro, pregunte por el jinete sin cabeza. Me reí, pensando que sería una versión criolla del mito europeo. Él no sonrió.”

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