El regreso como alucinación de la memoria.

Autor Plinio Chahín (Poeta)

La lectura de “El hombre que vuelve” (Ilíada Ediciones, Berlín, 2026) de Marino Berigüete deja desde sus primeras páginas la impresión de encontrarnos ante una novela construida sobre el regreso, pero no sobre un regreso entendido simplemente como retorno físico a un lugar conocido. El regreso que propone Berigüete es mucho más profundo: es el retorno a la memoria, al origen, a los muertos, a las voces del pasado y, sobre todo, a un territorio interior donde el tiempo parece haberse detenido. “El hombre que vuelve” no regresa únicamente a un pueblo: regresa a una existencia que ya no puede recuperar, a un mundo que permanece y, al mismo tiempo, ha desaparecido. De ahí nace buena parte de la atmósfera inquietante, mágica y fantasmagórica de la novela.

Desde el inicio, el retorno al pueblo funciona como una entrada en un espacio donde la realidad comienza a perder sus fronteras habituales. El protagonista se encuentra nuevamente con los lugares, los personajes y las experiencias que forman parte de su historia, pero ese encuentro no produce una recuperación del pasado, sino una extraña reconstrucción. El pueblo aparece como una geografía de la memoria. Todo parece reconocible y, sin embargo, todo está atravesado por una sensación de extrañeza. Lo conocido se vuelve desconocido; lo cotidiano adquiere una dimensión fantástica; los vivos parecen convivir permanentemente con los muertos.

En ese sentido, uno de los grandes aciertos de la novela consiste en convertir el espacio del pueblo en un espacio psicológico. El pueblo no es solamente el escenario donde ocurren los acontecimientos: es también la representación de una conciencia. Sus calles, sus casas, sus habitantes, sus recuerdos y, especialmente, su cementerio, constituyen fragmentos de una memoria que insiste en regresar sobre sí misma.

El cementerio adquiere así una importancia fundamental. La reiterada ida al cementerio no debe entenderse únicamente como una acción narrativa, sino como un verdadero ritual de la memoria. Volver al cementerio significa regresar al lugar donde el pasado permanece en su forma más radical: como ausencia. Allí la novela encuentra una de sus imágenes centrales: el hombre que vuelve está rodeado por aquello que ya no está. Los muertos se convierten, paradójicamente, en una de las presencias más fuertes del relato.

La memoria, por tanto, no funciona en “El hombre que vuelve” como una simple evocación sentimental. Es una fuerza que domina al personaje. El pasado no puede ser superado porque continúa hablando. Y precisamente ahí aparece uno de los recursos formales más interesantes de la novela: la voz.

Hay una voz que atraviesa el relato y que progresivamente adquiere una condición fantasmagórica. No parece ser solamente la voz de un personaje determinado, sino una voz que se desdobla y se expande. Es la voz del narrador, pero también parece ser la voz del pueblo, la voz de los muertos, la voz de la memoria y, en cierto modo, la voz del propio protagonista frente a sí mismo. Esa ambigüedad produce una sensación de despersonalización particularmente poderosa.

La voz deja de ser simplemente un instrumento para contar la historia y se transforma en una presencia. Habla desde un lugar incierto. No sabemos siempre si procede de afuera o de adentro, si pertenece al presente o al pasado, si es una conciencia individual o una conciencia colectiva. Y precisamente esa indefinición es la que permite que la novela adquiera su dimensión fantástica.

Pero el elemento que quizá determina con mayor fuerza esa atmósfera es la reiteración. Berigüete utiliza la repetición, la elipsis, la prosopopeya, la anáfora y la reduplicación no solamente como procedimientos estilísticos, sino como mecanismos de construcción de la conciencia narrativa. Lo que se repite no parece repetirse porque el narrador haya olvidado que ya lo ha dicho: se repite porque el mundo narrado está atrapado en la repetición.

La forma reproduce así el contenido.

La existencia de los personajes parece avanzar, pero en realidad vuelve continuamente sobre los mismos lugares, los mismos recuerdos, las mismas acciones y las mismas voces. La repetición crea la sensación de que el tiempo no transcurre verdaderamente. Todo vuelve. Todo se reproduce. Todo parece condenado a repetirse.

Esta estructura genera lo que podría llamarse un estado de alucinación permanente, una especie de iluminación alucinada de la conciencia. El lector tiene la sensación de estar dentro de una realidad que nunca termina de definirse completamente. Las cosas aparecen bajo una luz extraña, como si fueran vistas desde el sueño, desde el recuerdo o desde una conciencia que ha perdido la seguridad de distinguir entre lo vivido y lo imaginado.

La reiteración, entonces, deja de ser únicamente un procedimiento retórico para convertirse en una concepción del tiempo. El tiempo de “El hombre que vuelve” no es lineal. Es circular, obsesivo, recurrente. El pasado no queda atrás, sino que regresa constantemente al presente. El presente tampoco constituye una ruptura con el pasado, sino su prolongación.

En esta perspectiva adquiere especial importancia la reconstrucción de las figuras familiares: la abuela, la madre y la mujer. Cada una de ellas forma parte de esa cadena de memoria que el protagonista intenta reconstruir. No son solamente personajes individuales, sino presencias que participan en una genealogía afectiva. A través de ellas, el hombre que vuelve intenta recuperar una identidad que parece haberse fragmentado.

La abuela representa una profundidad temporal que antecede al protagonista; la madre prolonga esa memoria; la mujer establece una relación con el presente. Pero todas terminan integrándose en una misma corriente de recuerdos. La familia se convierte así en otra forma de permanencia del pasado.

La novela construye, de este modo, una especie de arqueología de la existencia. El protagonista excava en su propia memoria y encuentra voces, imágenes, personas y acontecimientos que no están completamente muertos ni completamente vivos. Todo permanece suspendido en una zona intermedia.

Esa zona intermedia es precisamente la que produce la atmósfera mágico-fantástica de la obra.

Sin embargo, lo fantástico en “El hombre que vuelve” no parece surgir de la incorporación de acontecimientos extraordinarios en una realidad perfectamente estable. Surge, más bien, de la transformación de lo cotidiano. El pueblo, el cementerio, la familia, las conversaciones y los recuerdos adquieren una condición extraña porque son vistos desde una conciencia que ya no puede relacionarse con ellos de manera normal.

Lo fantástico nace de la memoria.

Y es justamente en este punto donde la novela alcanza una dimensión filosófica. La reiteración de acontecimientos y voces termina construyendo una determinada visión de la existencia: una vida atrapada en la repetición, incapaz de romper completamente con aquello que la determina. La monotonía se convierte entonces en una forma de destino.

La repetición produce una sensación de vacío. Los acontecimientos pueden cambiar superficialmente, pero debajo de ellos parece existir siempre la misma estructura. Se vuelve una especie de filosofía de vida vacía, monótona y circular. El hombre regresa porque no ha conseguido escapar; pero también porque quizá nunca hubo realmente un lugar hacia donde escapar.

De ahí surge lo que considero uno de los tonos más singulares de la novela: un pesimismo alucinado.

No se trata de un pesimismo racional, argumentativo o explícitamente filosófico. Es un pesimismo que se experimenta como atmósfera. Está en las voces, en los silencios, en el cementerio, en los regresos, en la repetición de las palabras y en la imposibilidad de salir del círculo de la memoria. El lector no recibe una teoría sobre el vacío de la existencia: lo experimenta mediante la estructura misma del relato.

La novela, por eso, no necesita declarar que la vida es repetitiva. Lo demuestra repitiendo. No necesita explicar que el pasado domina al presente. Lo demuestra haciendo regresar continuamente al protagonista. No necesita afirmar que los muertos continúan hablando. Los hace hablar mediante esa voz ambigua y espectral que recorre el texto.

Hay aquí una correspondencia profunda entre escritura y mundo narrado. La estructura formal de la novela reproduce la experiencia existencial de sus personajes mediante la gramática de un universo cerrado.

Por eso “El hombre que vuelve” puede leerse como una novela sobre el regreso, pero también como una novela sobre la imposibilidad de regresar. Porque volver físicamente no significa recuperar lo perdido. El que vuelve encuentra el lugar, pero no encuentra necesariamente aquello que buscaba. Encuentra sus huellas, sus fantasmas, sus voces y sus recuerdos. El regreso se convierte entonces en una experiencia de confrontación con la pérdida.

El verdadero viaje de la novela no es geográfico. Es interior. El protagonista vuelve al pueblo para descubrir que el pueblo también está dentro de él. Y al entrar nuevamente en ese espacio, entra en una conciencia poblada por los muertos.

En última instancia, “El hombre que vuelve “construye una poderosa metáfora de la existencia humana: somos seres que regresamos continuamente a aquello que creemos haber dejado atrás. La memoria nos devuelve a los lugares, a las personas y a las voces que constituyeron nuestra vida, pero ese retorno nunca es idéntico al pasado. Es una reconstrucción, una alucinación, una tentativa de recuperar lo irrecuperable.

La novela de Berigüete convierte esa experiencia en una escritura de la recurrencia. Todo vuelve: el pueblo, el cementerio, las figuras familiares, las voces, las palabras, los recuerdos. Y en ese movimiento circular la literatura encuentra su fuerza.

“El hombre que vuelve” es, finalmente, el hombre que regresa a sí mismo y descubre que ese regreso no conduce a una identidad estable, sino a un territorio de voces y fantasmas. Por eso la novela permanece suspendida entre la memoria y el sueño, entre la realidad y la alucinación, entre la vida y la muerte. Su mayor virtud consiste precisamente en haber convertido esa incertidumbre en una forma narrativa.

Una excelente novela, construida desde la ausencia y la reiteración como principios estéticos y desde el regreso como experiencia existencial. Una novela donde la memoria no recupera el pasado, sino que lo reinventa; donde la voz no pertenece enteramente a nadie; y donde el tiempo, en lugar de avanzar, parece volver eternamente sobre sus propias huellas. En ese círculo de voces, recuerdos y ausencias reside la singularidad de “El hombre que vuelve”, del poeta y novelista dominicano Marino Berigüete.

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