A Santiago vino y Alix se quedó (6ª. Décima parte)

Juan Antonio Alix supo conjugar en sus décimas la idiosincrasia y la mentalidad del dominicano de su tiempo

De la entrega anterior continuamos con el prólogo de Balaguer:

“…Las imágenes naturales, la expresión directa, las formas libres, las frases desembarazadas, desaparecen de la literatura cuando el romanticismo pone de moda las perífrasis y desarrolla el culto por la elocución retorcida.
III
La inclusión en este volumen de algunas composiciones pornográficas de Juan Antonio Alix, se justifica para los que piensan como Oscar Wilde, que en literatura no hay obras morales ni inmorales, sino obras mal o bien escritas. Para los que no admitan, como el famoso presidiario de Reading, semejante paradoja, la inserción de tales poesías en un libro destinado a toda clase de lectores, se explica porque la mayoría de esos versos ofenden el olfato antes que el sentido moral y contienen más inmundicias que conceptos lúbricos o expresiones contrarias a las buenas costumbres.

Composiciones como la intitulada El Follón de Yamasá, verdadero monumento de dicción pedestre, pero a la vez ágil e ingeniosa, se leen con gusto porque debajo de ese torrente de inmundicias corre un hilo de gracia que no aparece empañado por ningún pensamiento lascivo.

Compárese el fondo de esas poesías, fruto de un vate popular y de temperamento inculto que logró por adivinación ennoblecer su arte grotesco con cierta vena de humorista instintivo y con cierta melancolía epicúrea, con el romance de Quevedo que lleva por epígrafe Pinta los principios de la juventud, o con aquellos en que el Luciano español imita algunos de los más soeces epigramas de Marcial, y se verá cuán grande es la distancia que separa esas dos clases de poesías: las unas, llenas de refinamientos, pero envueltas en un perfume que enajena peligrosamente los sentidos como el del pañuelo que ha pasado por las manos de muchas mujeres; y las otras, toscas y nudosas, pero despidiendo todo el candor de la naturaleza, como la rama que ha sido cortada sobre el fango para lucirla con todas sus hojas”.

Un decimero de apellido Alix

DESPUÉS DE LILÍS

Los años que siguieron al asesinato del General Heureaux fueron de revuelta hasta que el mismo Mon organizó su Guardia especial represora para “pacificar” el país. La vida lleva a Alix a radicarse en Santiago y se muda a una modesta casita de la calle la Amargura que es la que le pasa a la Iglesia Mayor por el sur (hoy Duvergé).

Aunque estaba vinculado a los más destacados intelectuales y a la prensa, nunca quiso tener el compromiso de publicar en ningún periódico; pero su amistad con el impresor José María Vila Morel dio sus frutos y en su imprenta él imprimía hojas sueltas, las décimas que se le ocurrían con las que salía por las inmediaciones del Mercado y por la Plaza de Armas y el recién construido Palacio Consistorial. Por estos espacios pasaban los más notables hombres de ideas y cargos públicos de Santiago. No pocos de ellos hicieron su colección con la producción del poeta entre los que se contaba el escritor José Ulises Franco.

Asiduos lectores eran Ercilia Pepín, quien al regresar a su casa de Nibaje le alegraba las tardecitas a don José Pepín, su padre, quien se moría de la risa por la forma dramática y exagerada como las leía su hija.

Sergio Hernández llevaba consigo una copia de las últimas producciones. Así fue tejiendo Alix una leyenda y una amistad que no distinguía al vendedor ambulante, del funcionario o del policía. Nadie tomaba en serio “las declaraciones” políticas de sus décimas porque él no se tomó nunca en serio la vida luego de ver a numerosos amigos caer en esas absurdas guerras interminables.

Como el pensamiento antililisista cobró fuerza, principalmente por el nuevo movimiento político mocano, “ la guaidia ‘e Mon” y las ideas de los rabuses, seguidores de Horacio Vásquez, Alix se burló “del dictador” Lilís y empezó a alabar a los nuevos jefes. Así empiezan las décimas a condenar a su compadre y a alabar al “gran” Mon Cáceres “héroe del 26 de julio”, cosa que aún hoy día se siguen creyendo los mocanos.

Alix hizo de la décima una propuesta literaria de alto calibre sin siquiera proponérselo. Es sorprendente que los poetas cibaeños como él y Tomás Hernández Franco no hayan sido colocados en el sitial más alto de la literatura dominicana como se lo merecen.

Para muchos, la décima no es lo que para ellos es la poesía y resulta que aquí ningún poeta fue más leído y conocido por su pueblo. El caso de Hernández Franco tiene que ver también con el desconocimiento de los “nuevos intelectuales” y la incapacidad de reconocer su grandiocidad. En ambos casos están la “dictadura” de Lilís y la tiranía de Trujillo.

EL CIBAEÑO COMO LENGUAJE

En muchas de las décimas de Alix aparecen términos del lenguaje local de la región del Cibao, de la misma forma y naturalidad que Tomás Morel lo hace cuando recoge cantos de campesinos y expresiones de Santiago y sus alrededores.

El Cibaeño es una variante del idioma Español que se caracteriza principalmente por el uso de la “i” en lugar de la “r” de los verbos. Por mucho tiempo se pensó que hablar cibaeño era de gente inculta y aunque es cierto que la mayoría que lo habla no ha tenido grandes oportunidades de ir a la escuela, no se puede negar que es algo completamente cultural. Es una variante del idioma como lo es en el sur hablar con la “r” y en la capital con la “l”.

La vida simple que llevó Alix fue muy difícil, porque nunca se le reconoció su labor literaria. La imagen que la poca gente que sabe algo de él, tiene hoy día la creencia de que Alix era un indigente que andaba mendingando por las calles. Alix era un hombre pobre que educó a sus 6 hijas (Petronila Hortensia, Olivia Juana Antonia, Tomasina, Agripina –Pinona-, Rosalina y Carmen) en la más completa dignidad como lo prueba su descendiente, poeta y decimero Juan Antonio Goico de Agripina. Alix nunca le pidió nada a nadie, aunque recibió muchos regalos de su compadre el General Lilís y del General Perico Pepín encargado de la seguridad de Santiago de su época.

Alix fue amigo de mi padre por su coincidencia en la masonería.

Mi padre y mi abuelo ambos de nombre homónimo, José Mercader, grado 33 de la Logia No. 5, conocía muy bien a todos los personajes de Aquel Santiago tranquilo y lento, y Alix, indudablemente fue su amigo cuando trabajaba para el Ayuntamiento en el Palacio Consistorial. Esa amistad se comprueba en la décima titulada “Alborada” para la fiesta de la bendición de una imagen del “Patrón Santiago el Mayor que el Honorable Ayuntamiento ha dado esta ciudad”
(continuará, siempre sin IA)

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