Lennon sí, Yoko no

John Lennon, por Mercader.

Pareciera una consigna de la época de la Guerra Fría cuando se afianzó el engaño del pacto de paz mundial y apareció el “arte contemporáneo” como un arma intangible.
Aunque la guerra terminó a mediado de los 40, es en los 60 cuando se acentúa una política con tendencia a eliminar todo lo que no sea como Occidente lo dicte. Y, en ese envite, no solo apareció el peligro de la posible guerra de los misiles, Kennedy contra Nikita Kruschov, sino que arrasó con todas las fuerzas políticas que estuviesen abiertamente opuestas. ¡Saluden a Papá!
No se podía salvar nadie. La “libertad”, como bandera, no le permitía a nadie imaginarse un mundo de paz y muchísimo menos que un cantante conocido, como John Lennon, lo cantara.

Se quiso usar la carta de la migración ilegal para expulsar al Beatle jodón y cuando no se pudo, se puso en práctica la repetida fórmula del “loco solitario”, la misma usada contra Kennedy, contra Malcolm X, Luther King y muchos más, tanto allá, como aquí.

Yoko, ¡oh no!, una japonesita sin brillo y sin talento quiso ser la quinta componente del famoso grupo británico. La mediocridad, que llevaba en bandolera, produjo el rechazo de los demás y el conjunto se deguabinó.

En Psicología existe también el fenómeno, que es propio de la Física, llamado “ósmosis”, que al pegarte de algo, se te pegan las características del otro, igual que como se distribuye el calor o el frio en objetos cercanos, hasta equilibrarse. Es, por lo menos, lo que pretenden los que se arriman a ricos y famosos. “El que a buen árbol se arrima, se lo lleva la corriente”.

¿Realmente Yoko quería cantar? ¡¿Pero tú ‘ta loco?! Quería, desde el principio, la fama que ella, por falta de talento y estudios, no iba a conseguir jamás. Con la fama de Lennon se metió al “arte contemporáneo” donde no se requiere inteligencia más que avivatez, lo que a ella le sobraba en demasía.

Las “casas de subastas”, creadoras de falsos valores artísticos, la encumbraron. Ahí ella encajó perfectamente porque no necesitaba hacer obras de arte. Todos sus disparates y artefactos expuestos fueron respaldados por “La Maquinaria” publicitaria que incluía a los “mejores” críticos, los mismos que rankearon a Warhol, a Motherwell, Joseph Beuys y demás envenenadores de la estética. También hay que sumar a los trepadores que la aplauden anhelando ser como ella, asmática, pero el centro del show que ella mismo montó.

¿Por qué causa tanta atención y divulgación su manzanita verde sobre un pedestal? No nos engañemos, no es por ser una obra de arte, es que “La Maquinaria”, que incluye las momias del MoMa, tienen a periodistas del New York Times y todos los medios escritos y televisivos comprados. Millones que no tiene Tom Deinenger y menos Amable Sterling para promocional su arte. Es igual que los cumpleaños de las antiguas páginas sociales. No aparecían los 15 de Enriqueta, la del barrio, la que vende fritura con su madre, pero las hijas de quienes pagaban, sí. Nadie salió en la portada de Paris Match si no pagó un bojote de cuaito. Si entiendes este principio de publicidad y de fama ganada a billetazos limpios, podrás entender el prestigio de los “artistas” del “arte conceptual o contemporáneos”.

Cuando intentaron exponer un bloque de hielo, ya se había derretido al empezar los discursos vacíos de los “críticos” en la inauguración. Pero Catelan, ni tonto ni pariguayo, se inventó su gran obra “el guineo pegao con teipi”, que no se derritió y fue “vendido”, ya podrido, por “un viaje de cuarto”. Comprado por ellos mismos para hacer creer. ¿O no?

Lennon saltó a la fama sin trampolín, sin manzanita, sin hielo, sin guineo… con su propia música, sus composiciones, su gran talento artístico… su genio. No es el caso de ciertos urbanos de hoy (99 %) que se hacen ricos por el mundo de la droga que le paga la publicidad para que dominen todos los espacios con su irrespetuosa e insoportable bulla, hasta en las madrugadas. Son promotores de una contra-cultura para fabricar delincuentes, ¡a la franca!

La cultura de cualquier pueblo, son todos los elementos que interactúan en ese espacio en un tiempo X, son los elementos que lo caracterizan, las manifestaciones musicales, religiosas, pictóricas, folclóricas que ellos producen. Pero hay que tener cuidado porque cuando aparecen formas de expresiones que no son propias, pero que por razones de poder son impuestas, son parte de ese espacio, no son parte de su cultura. El alto contenido de antivalores, los convierte en expresiones de contra-cultura porque va en contra de las creencias y costumbres de ese pueblo. Nuestra cultura es rica en manifestaciones plurales y en todas existe el elemento de respeto ciudadano. Por ejemplo, si vas a una tribu de África y ves uno de sus habitantes con una camiseta y el logo de Nike, evidentemente que otro visitante anterior se la regaló y ese habitante existe con ella; pero no es parte de la cultura de esa tribu llevar camisetas Nike ¿Quién puede decir que, por más que oigamos música griega, por ejemplo, ella es parte de nuestra cultura? ¿Desde cuándo se ha visto en este país que cualquier “carajo de la vela” puede poner un musicón a la hora que le dé su gana o al volumen que guste? ¿Desde cuándo hemos tenido una Policía que permita tal acto de incivilidad? ¿No será que tanto el que pone el musicón como esa policía son ajena a nuestra cultura y por tanto hay que eliminarlas?

Es normal que el musicón desaparecerá porque no es parte de nuestra cultura. Tarde o temprano.

La escultura de José Villa Soberón, en homenaje a John Lennon en el parquecito de la calle 18 entre 6 y 8 del Vedado, La Habana, llegó “tardíamente” para reconocer su obra. Es normal que no podía ser antes porque los cubanos lograron crear su propia música y aunque Silvio diga que desde el principio Los Beatles fueron una de sus fuentes de inspiración o influencia, lo cierto es que ninguna de sus composiciones fueron en inglés, el “idioma del enemigo”, que atacaba por la Bahía de Cochino y ponía bombas en hoteles. Tampoco es cierto que fuera una prohibición de “la alta dirigencia y la burocracia”. La gente estaba totalmente fascinada con el mismo Silvio, Pablo (que la ingratitud luego viró), Feliú, Noel Nicola, Sara González… ¿Quién quería oír a Jimmy Hendrix o a los excéntricos Stones? A la juventud se le enseñó cultura musical y ella eligió escuchar a Serrat, Víctor Manuel, Ana Belén, Mercedes Sosa, Sonia Silvestre, Vitico, Yupanqui, y “música griega”, que vinieron a reemplazar, en el tiempo, los melcochosos boleros repletos de la cursilería de Vargas Vila y del machismo de Celia Cruz, a pesar de la pegajosa música.

Es Carlos Santana quien abre el espectro con sus ritmos de salsas, sus congas y sus griteríos a favor de chicanos y latinos allá en California.

A Lennon se le ve diferente por sus conciertos anti Nixon, anti guerra de Vietnam, y como pacifista con Imagine. Y a esto se unió Yoko, más por oportunismo que por convicción. La burrundaga que le dio a Lennon, no fue chiquita.

¿Cuál es la obra de arte de Yoko? ¿Los chirridos y berridos sin ton ni son que ella llama música? ¿La manzanita del pedestal a lo Marcel Duchamp? ¿Los garabatos de tinta china valorados en millones mucho antes de hacerlos? Es arte impuesto como lo es el músicón.

Avelina Lésper, la jodona historiadora mejicana expresó:
“… ¿Qué habría sucedido si mutilo ese proceso? Si les digo a los niños que no tienen que observar, describir, ni dibujar a la manzana, que la fruta ya es arte, es un readymade. Les informo, para sostener esa imposición injusta, que una señora hipermediocre llamada Yoko Ono así lo hizo y la expuso en el MoMA, amparada en una estructura ideológica que desprecia a la inteligencia. El daño habría sido muy serio, la relación de la concertación para la observación, el esfuerzo por reconocer algo que creían conocido y llevarlo a otro nivel y además recrearlo con toda esa información, se habría roto por la dictadura de un estilo artístico que fractura los procesos cognitivos alentando a la mediocridad…”

Y estas declaraciones fueron una bomba porque los defensores y aduladores de la Yoko, tan o más mediocres que ella, se sintieron que los desnudaban en medio de la calle. Un comentarista, Anti-Platón, de redes, expresó:

“¿Por qué nos irrita tanto Avelina Lésper? El discurso de Lésper tiene profundas raíces filosóficas. El uso de la razón privada de acuerdo a Kant, es el uso de la razón en función a un sistema, político, religioso, económico, estético. La razón privada está subordinada a una meta predeterminada, a justificar un dogma. Al contrario Lésper, de nuevo según Kant, ejerce la razón pública. La razón pública es el uso de la razón substraída totalmente del sistema de jerarquías y llevando el desarrollo libre de las ideas hasta sus últimas consecuencias. Y hoy, en la filosofía ejercida desde la Academia, estamos viviendo un ataque concentrado contra el uso de la razón pública. Por eso, la hostilidad contra la postura de Avelina es irreconciliable. Avelina Lésper es una kanteana en estado puro y una amenaza al riguroso sistema de jerarquización y sometimiento de la razón pública. Ejercer la crítica hoy, es mucho más que una opinión: Es un desafío filosófico a la hegemonía actual de la Razón Privada sobre la Razón Pública.”

Esa “razón” ha impuesto, a fuerza de dinero, modas, “música”, un mundo ficticio, o una burbuja, como algunos le llaman. ¿Cuánto tiempo va a durar? Imposible predecirlo, mientras sean millonarios coleccionistas de artefactos los que dominen los museos, paguen a los críticos, y controlen los medios de comunicación.

Una cosa sí que es innegable: que la buena música de John Lennon, será un referente en la historia de la música y de la humanidad cuando la inteligencia del ser humano ponga en su lugar los artefactos que han pasado como obras de arte.

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