En una orquesta, el silencio del director puede decir más que una orden. Mei-Ann Chen lo sabe porque ha construido su carrera donde la autoridad del podio se cruza con la pedagogía, la escucha y la formación de nuevas generaciones. Su llegada a República Dominicana al frente de la National Youth Orchestra 2, NYO2, de Carnegie Hall, presentada por Fundación Sinfonía, es la llegada de una idea: la música clásica necesita formar intérpretes capaces de tocar, escuchar y representar mejor el mundo al que pertenecen.
La NYO2 se presentará el domingo 2 de agosto, a las 6:00 de la tarde, en la Sala La Restauración del Gran Teatro del Cibao, en Santiago, y el lunes 3 de agosto, a las 7:30 de la noche, en la Sala Carlos Piantini del Teatro Nacional Eduardo Brito, en Santo Domingo. En ambos conciertos, Chen tendrá frente a sí una agrupación juvenil de alto rendimiento, integrada por músicos que enfrentan repertorio con estándares profesionales.
Para ella, ese trabajo conecta directamente con su propia historia: “Cuando me coloco frente a una orquesta juvenil, trabajo con músicos jóvenes que buscan aprender y crecer en el campo que han elegido, que tienen sueños y aspiraciones, tal como yo los tenía a su edad”. En esa frase aparece el corazón de su mirada: dirigir jóvenes exige técnica, pero también memoria de lo que significa comenzar.
La pedagogía del gesto

La directora taiwanesa-estadounidense habla de su oficio desde tres dimensiones inseparables: directora, mentora y educadora. Su primer puesto profesional como directora musical fue con la Portland Youth Philharmonic, en Oregón, entre 2002 y 2007, la orquesta juvenil más antigua de Estados Unidos. Antes de consolidarse en escenarios de Europa, Asia y América, Chen aprendió a dirigir en contacto con jóvenes músicos, donde cada ensayo tiene una dimensión formativa. Por eso afirma que su responsabilidad consiste en ayudarlos a actuar como ensamble, a escucharse entre ellos y a las demás secciones, y a “contar musicalmente una historia”.
Esa idea desmonta una percepción común sobre la dirección orquestal. El director no está allí únicamente para marcar entradas o tempos, sino para construir una escucha común. Chen lo formula con claridad cuando habla de la formación de jóvenes directores: “En el escenario, el director no habla; los instrumentos hacen toda la conversación”.

Música sin barreras
Más que una orquesta juvenil, la NYO2 del Carnegie Hall es un modelo de acceso y oportunidad artística. Chen lo resume desde una convicción amplia: “La música no conoce fronteras ni barreras. Es un lenguaje universal, presente en todas las culturas”. En tiempos en que muchas instituciones musicales se preguntan cómo ampliar públicos, diversificar escenarios y renovar repertorios, esa afirmación adquiere peso crítico. La música clásica sostendrá su futuro si recupera su naturaleza de lenguaje compartido.
La trayectoria de Chen con la Chicago Sinfonietta refuerza esa visión. Elegida por Paul Freeman para convertirse en la segunda directora musical de la institución en 2011, asumió una orquesta fundada con una misión concreta: que el escenario reflejara al público sentado en la sala, tanto a través de intérpretes como de compositores. Bajo su liderazgo, esa vocación se amplió mediante programas con compositoras y creadores negros, asiáticos y latinos, además de encargos a mujeres y compositores de color. La propia Chen lo sintetiza con una pregunta esencial: “Una orquesta debe reflejar a su comunidad; de lo contrario, ¿cómo puede conectarse con ella y contribuir verdaderamente a esa comunidad?”.
Esa pregunta también interpela a República Dominicana. Fundación Sinfonía abrió la posibilidad de que estudiantes de música de todo el país asistan a estos conciertos completamente gratis, un gesto convierte la visita en una experiencia educativa. Ver a Chen trabajar con una orquesta juvenil de Carnegie Hall puede ser una clase magistral desde la butaca: observar cómo respiran las cuerdas, cómo dialogan las maderas, cómo esperan los metales y cómo una directora organiza el pulso común.
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Una orquesta que cuenta historias

El programa ayuda a entender su idea de diversidad como experiencia sonora. Chen describe el repertorio como “un hermoso ejemplo del alto calibre narrativo de esta forma de arte”, una trama de culturas, estilos y emociones. Arturo Márquez, Michael Torke, George Gershwin y Ottorino Respighi permiten viajar de la danza latinoamericana al lenguaje estadounidense contemporáneo, del jazz urbano a la monumentalidad europea. En ese mapa, la música clásica aparece viva porque dialoga con otros mundos y cada obra abre una puerta distinta al oyente.
La dimensión pedagógica también aparece cuando Chen habla de las grabaciones y de la programación. Para ella, ampliar el canon no depende solo de declaraciones, sino de tocar y registrar obras que de otro modo quedarían fuera de la memoria pública. “Si una obra no se interpreta, nadie la escucha, nadie la experimenta, nadie la conoce”. Esa frase condensa una ética musical: el repertorio existe plenamente cuando una comunidad puede escucharlo, discutirlo y hacerlo parte de su experiencia cultural.
Al mirar hacia las nuevas generaciones, Chen ofrece un consejo que parece sencillo y, sin embargo, contiene una vida artística completa: “¡Sé tú mismo!”. Luego añade otra idea de enorme valor para cualquier estudiante de música: “No permitas que nadie te diga que tu sueño es imposible. Crea tu propio camino”. En esas frases se revela la misma artista que dirige, mentorea y enseña. La directora que ha recorrido escenarios internacionales comprende que la formación musical no se limita a la técnica; también exige carácter, valentía, identidad y una red humana capaz de sostener el talento.
La visita de Mei-Ann Chen con la NYO2 será una invitación a escuchar cómo se forma una orquesta y cómo se educa una mirada: quienes asistan en Santiago o Santo Domingo presenciarán algo más que un concierto: verán, en tiempo real, cómo una generación aprende a convertir la disciplina en música y la escucha en futuro.
