Microrrelatos de Quibian Castillo Fernández

Valentín Amaro
Especial para elCaribe

Esta semana en “Espejo de tinta”, nuestro invitado es Quibian Castillo Fernández, quien nació en Villa Tapia, Provincia Hermanas Mirabal, en 1973. Médico en ejercicio, artista de la plástica, narrador y poeta. Coordinador del Grupo Literario “Árbol invisible”, del Ateneo Insular en Villa Tapia. Miembro del Taller de Narradores de Santiago. Primer Premio en Cuento en la 14º Feria Regional del Libro Cotuí 2018. Segundo Premio en el 28º concurso de Cuentos Radio Santa María en 2021.

El silencio de la sangre (2018), El Cristo que se ahorcó en el árbol de Judas Iscariote (2020), Los perros del Conde (2018), Vida de cal (2018), Marcus (2018), El dominicano en Marte (2024), Cruz de espuma (2024), Cristo made in Dominican Republic (2024), La mujer que se lanzó por el balcón (2024), Sombras de mármol (2024), La vida no era eso (2024), Raíces de esperanza (2024), Poesías sin corbata: (La calle en que habito) (2024), La Güi (2024).

Hablar de Quibian es hablar de un artista multifacético: Poeta, narrador, artista de la plástica, activista cultural y por demás, médico humanista en pleno ejercicio. Lo conocí en una de las reuniones del Taller Literario Francis Livio Grullón de Tenares, y desde entonces nos une una amistad franca y sincera. Es fácil ser amigo de alguien que a todas luces, es bondadoso, afable y respetuoso. Me he preguntado muchas veces cómo nuestro invitado puede ser tantas cosas a la vez.

Esta entrega reúne microrrelatos de atmósfera inquietante donde lo cotidiano se quiebra ante lo fantástico, lo sobrenatural y lo absurdo. A través de una imaginación capaz de transformar lo ordinario en insólito, el autor explora la muerte, la fe, la enfermedad y la fragilidad de la existencia. Resalta su mirada a la tradición cultural y religiosa dominicana, tratada con irreverencia, agudeza y un sutil humor negro. Pese a su brevedad, cada pieza despliega un universo singular que desemboca en giros imprevistos, borrando los límites entre razón y locura, o vida y muerte. Una narrativa notable que, desde el norte de nuestro país y para el mundo, se despliega con gracia, asombro y singular encanto.

EL RETRATO

Héctor pintaba el retrato. Cobraría una fortuna. Cayendo el sol, dio los toques finales. He ahí el retrato: expresión patética de labios, ojos amarillos por la hepatitis, camisa a rayas y un bastón de plata en la empuñadura agarrado con la mano izquierda. La otra en el bolsillo. Su esposa Brígida, se oponía a la realización de la pintura en la pared. Le advirtió a don Arturo Roque, que lo borraría de la pared. Dos días después, cuando Arturo dormía, Brígida, borraba el retrato sintió una sensación extraña, pero continuó. Después de Brígida lavar la brocha y las manos, y entró a la habitación sobre la cama había la silueta fresca de pintura sobre las sábanas color rosa.

ELLA PASA

Viste de negro desde que tengo uso de razón. A diario acude al cementerio con ramos de flores rojas y amarilla. No sé, si había fallecido algún familiar o apenas era una rigurosa promesa o trauma de paranoia. No sé. Un día de Pascuas y de cielo nublado, pasó un carro fúnebre. Jamás la vi pasar, pero a diario, a la misma hora que pasaba circula en el aire el olor a rosas y su mirada triste puesta en mí.

LA MUJER Y EL LIBRO ROJO

Siempre está en la galería leyendo el mismo libro rojo, luego contempla el cielo. No sé si es que no sabe leer o quizá pretende memorizar el libro. Lo dudo.

La conocí sin lentes, los primeros eran de cristales finos, los de ahora, gruesos. Nadie podía tocar el libro ni leerlo. Lo había traído de Egipto en su segundo viaje. Pagó una fortuna. No se casó y vive a solas, quizá para dedicárselo a su libro.

El viernes cuando la brisa de pascuas traía del este un olor a guayaba, sus manos temblaban conservando el libro en su mano. El sábado estaba inmóvil, no agitó ni un dedo.

Pasaron los imperios, las guerras, los años. Una lápida fue removida por confusión. Aquel libro que conservaba intacto en el ataúd de caoba.

Cuentan que un señor intentó leerlo y cegó, otro lo tocó con el dedo pulgar y permaneció paralitico. El ataúd junto al libro fue lanzado al mar y al instante se secó el mar. Aun, ahí habita el libro como una gigantesca montaña de papel mirando al cielo, tragándose las estrellas y el firmamento.

EL SIGUIENTE

En el aire circulaba el aroma a flores que entraba a la habitación en donde dormía la mujer. En su mesita de noche había una Biblia abierta. Numerosas celebridades bíblicas saltaban de la Biblia a los azulejos. Un hombre y una mujer con manzanas en manos, otros construían una barca, un separaba las aguas del mar, otro casi estocaba a un jovencito acostado sobre ramas, otro lanzaba flecha al cielo desde una torre, Jesús resucitando a Lázaro. Todo esto y otros hechos acontecían en la habitación. Un hombre luchaba por trepar las sábanas, hasta lograrlo. La mujer se estremeció y despertó y tomó la biblia en manos, leyó y la cerró. Los personajes quedaron fuera de la Biblia y huyeron hacia debajo de la cama. ahí se amontonaron. Llegó la noche. La mujer abrió la Biblio y entraron. Solo uno quedó fuera de la Biblia. Este trepó las sábanas, la besó entregándola a la muerte. Horas después se ahorcó bajo la cama.

REENCUENTRO

Roberto tenía los ojos abiertos, pupilas enormes. No servía de nada untarle Bay Rum, frotarles en las plantas de los pies y en las manos con hojas de guanábanas. Carmela dijo: «Ahora se es verdad que se nos fue». La cambiaron con su mejor ropa y lo entraron al ataúd. Lo sepultaron con la imagen de la Virgen de la Altagracia y con un rosario de bolitas de metal en la mano como suplicó. Era un día muy lluvioso semejante al de su nacimiento. Roberto despertó sobresaltado. El corazón latía rápido, se sofocaba, un dolor en su brazo izquierdo, la vista neblinosa, no le salía una palabra, cayó desplomado sobre la cama. Roberto tenía los ojos abiertos, pupilas enormes. No servía de nada untarle Bay Rum, frotarles en las plantas de los pies y en las manos con hojas de guanábanas.

EL HOMBRE Y LA BIBLIA

El hombre tomó la Biblia y empezó la lectura por el libro de Génesis. Algo le impidió continuar. Inició el desayuno y lo terminó feliz. Comenzó una oración y no pudo recordarla por entero. El hombre un día de Pascuas se levantó temprano en la mañana y fue a la iglesia, lo cual no acostumbraba, pero ese día no fue posible efectuarse la misa, el sacerdote había fallecido. El hombre se percató que las cosas del Creador no le eran favorables. Así que se apartó de las cosas relacionadas a la religión y se convirtió al ateísmo y pregonaba sin cesar: «Dios no existe, Dios es una quimera que el hombre ha inventado para ocultarse de sí mismo». Un día, el hombre, un anciano decide tomar la Biblia, la desempolva. La abre. Al leer el primer versículo, quedó ciego, clamó una oración y enmudeció, fue a misa y falleció en la iglesia. El templo en donde falleció al tercer día se derribó, el cementerio en que fue sepultado la tierra lo expulsó y baja por el universo en lluvia de estrellas.

LA MUJER

La mujer se sentó en el inodoro, al terminarse el papel de baño arrancó un par de hojas del Apocalipsis de la Biblia, la mojó y se la pasó por el culo. Al limpiarse vio que tenía un poco de sangre, pero no le prestó atención. Mas tarde sintió dolores abdominales que la obligaron acudir al baño y sin esfuerzo defecó en abundancia. Casi gastó todos los libros de la Biblia. Asistió al médico, y fue referida a un gastroenterólogo, pero este vacacionaba para el extranjero, y se dirigió a un hospital público. No la atendieron, por las huelgas médicas. Acudió a un brujo, quien le suministró una pócima. La mujer pagó algo menos y se retiró a casa. Esta mujer vive solo porque nadie la ha soportado y no cree ni en el demonio. Lo suyo son los hombres, el baile, el dinero y el alcohol. A la iglesia asistió una vez en su atolondrada juventud, encariñada de un sacerdote, pero fue enviado para la Amazona en donde dicen que fue devorado por un caimán. Desde aquel tiempo juró no creer ni acercarse a la iglesia. compró una biblia y una botella de ron. Tomó fósforos, le echó gasolina a la Biblia y la incendió. Minutos después la mujer sintió un dolor intenso de barriga, cayó al suelo, y al mismo tiempo que la Biblia se convirtió en un montón de ceniza en forma de cruz, la mujer en un montón de ceniza que el viento sopló a pocos metros de la iglesia.

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