Valentín Amaro
Especial para elCaribe
Esta semana, en “Espejo de tinta”, nuestro invitado es Mario Antonio Rosa, poeta, editor, periodista cultural y crítico literario de Puerto Rico. Ha publicado Misivas para los tiempos de paz (1997) y Tristezas de la erótica (2003), ambos con Editorial Isla Negra; Duelo a la transparencia (2005), con la Editorial del Instituto de Cultura Puertorriqueña, obra reseñada como Libro del Año por El Nuevo Día; Kilómetro Sur (Palabra Pórtico Editores, 2016); La tierra de mañana (2018), también con Palabra Pórtico; y sus más recientes títulos, Poemas en la isla del incendio (2024) y Pasternak en el invierno (2024). Formó parte de la antología Poetas para el Mundo: Voces para la Educación, junto a Ernesto Cardenal y Raúl Zurita, auspiciada por el Sindicato de Maestros del Estado de México, así como de la Nueva Antología de Poesía Hispanoamericana, promovida por la Revista Ómnibus. Asimismo, integra la publicación Écfrasis, de la Liga de Arte de San Juan, con su poema “Albea”, inspirado en la obra pictórica de Consuelo Gotay. Ha recibido el Premio Nacional de Poesía Guajana en el Festival Internacional de Poesía de Puerto Rico (2010), el Premio de Poesía “Turpial de Oro” de la Sociedad Venezolana de Arte Internacional (2011), el Premio Internacional de Poesía auspiciado por The Latin Heritage Foundation (2011) y, más recientemente, el Premio Arte Internacional (2023), otorgado en Nueva Jersey.
Mario es de esos amigos que perduran en la memoria, aun cuando no medie la conversación frecuente. Sigo su obra a través de Facebook, plataforma desde la cual comparte una poesía humana, intensa y vital. Los textos que hoy presentamos indagan en la soledad como espacio interior, la memoria como raíz y herida, y la palabra poética como búsqueda de sentido frente al vacío. En ellos, el sujeto lírico se desplaza entre habitaciones, mares, bosques y templos que funcionan más como estados del alma que como paisajes reales, moviéndose entre la melancolía, la introspección y una ternura persistente.
UNA HABITACIÓN PROPIA
Amanece a pájaros, un lenguaje,
casi alcanzándose con mi sombra.
Divaga el alba, su semilla.
En el árbol roto, la luz.
Los ojos del día nacen del agua.
Y asombran como un camino,
donde arde un corazón de pisadas.
En la habitación,
por fin, la pared alumbra su columna
me conmueve el lazo tranquilo del silencio.
Repaso voces de hastío para vestirme
lentamente como un salmo, susurrado.
La ventana tan lejos, herida y sin sonido, callada, y yo de soledad como un navío lejano que parpadea signos sin memoria, yo recluso,
humano por vivir, esquivo de piel, incierto,
subo en un viejo relato de la mirada.
Amo el ancla de las cosas:
una piedra, un torso, imágenes sin brazos.
La extraña luna de peces para quien regresa del sueño.
El destruir un amor, solamente mudo,
y el destruir el miedo, amante acorazada.
Es mi habitación, la lluvia de un náufrago.
Lo que falta es mi desnudez,
y apenas, se desprende del llanto.
¿QUIÉN ME ESCUCHA?
Letras,
desnudo pasajero
ahora con el sol llegan a la cara,
ahora deshabitan y escriben
trópico fundido
la ola de la habitación
diestra en soledades
el poeta es un reino desolado
impar y sonámbulo, se hace de imágenes no habla,
camina en un andamio de pájaros
larga guerilla de luces
buscando y buscando, luz abierta
donde el cuerpo sana su noche perdida
de pronto la vida es un exilio
las islas ciegas, el vaso derramado
el alma disemina cristales
como si viniera desde la ausencia
como si de la mano abierta
navegara el aliento
y su pardo invierno de figuras
llorar
una sola lágrima
grito pequeño y el tiempo
justo en la onda de la herida, sin nadie
vueltas y vueltas, agua retirada
el amor es un retraso de navíos
todas las orillas están en silencio
y luego, como un libro, se desbocan,
amor y herida, narrando entre nudos
nadie, repito,
saber estar solo por lo inmenso
el liso astrolabio
sin rostro y ruta, saberse inmenso,
por estar solo entre la soledad
como un hijo en la espera
como el salmo y la amapola, los días,
donde el escarabajo llega a la hierba
así de simple, llamarada
donde el hombre solo es una tinta
y de letras recita
el hermoso acto de la pérdida
al desorden de este sol sobre los labios.
TIERRA DE OTOÑO
Los brazos del otoño están cerca
ya respira, su criatura de frío.
En el alto de la frente
se imagina el árbol pájaro
y pedazos de río abren su reyerta
aquí, en los labios que se acaban.
En la mano esta tierra de otoño
lento desnudo de terco idioma.
El hojaldre de muchas noches
quiebra sin pasión su abanico
brota agua de la ruptura
como un profeta arrodillado.
Y las semillas, ventanas cerradas
siguen el cauce murmurando.
Llevo adentro, tierra huida
y vivo hablando su descanso.
He olvidado el equinoccio
y su sombra de viejo contemplado.
Late el barco de lluvia,
la voz escucha su agonía.
LA VISITA AL TEMPLO
Hay jardines que no tienen países
y que están solos con el agua…
George Schehadé
La luz de hoy,
me ha encontrado vistiéndome en el templo
y ha sucedido, bajo la ruina del astro,
en el tiempo más callado, al asombro de la nada.
Mi vestidura a clamor de paredes vacías,
en silencio y sin himnos, de un solo día a la muerte;
el jardín sin país duele en el verbo,
y en el púlpito, cenan callados los fantasmas.
Y he imaginado,
un rostro de piedra infinita, oficiando lluvias,
una lanza cansada de dibujar oráculos,
y los dioses que sin sombras regresan con sed
y se llevan todo, junto a un grano de arena.
No sé invocar,
poco a poco he ido llamando cada recuerdo del océano,
he ido cantando mudo, las memorias al ocaso,
y juego en una débil idolatría,
el más allá de las todas las estancias, me hago hijo,
del andar, y de pocas raíces, voy armando la casa,
como mi sombra de oración, para que nada se abandone.
La luz de hoy,
me inunda vistiéndome en el templo,
a pedazos de mi único milagro,
mi poema grande, sobre las almas.
MEMORIA DE LOS TRONCOS VIEJOS
Me gusta detenerme
a posesión lenta, con aire claro, casi rendido
y contemplar los troncos viejos, esa corteza,
donde el tiempo relucía con bostezo sus espadas.
Ese final, que terminaba extinguido,
porque el tronco era demasiado cielo, imantaba reinos,
sucedía primogénito por el río de la noche;
su silencio ¡mundo! era una sed tejida solo con abrazos
bordeada, mal vestida y a la vez hermosa.
Me pongo a contar sus vertientes,
seguirlas, una contra otra, como relojes cruzados
donde jamás ocurrirá la hora legítima.
Y el poro, donde se habla solo de un cargado infinito
y de los muchos brazos del hombre, los dulces,
los violentos, y los descalzos de amor;
miro siempre al tope de esa vieja estrella despeinada
donde una vez existía el atrio verde.
Quizá no sea modernidad,
estar bajo ese momento del siglo, de frente a este tronco,
como si algo de un milagro nos mostrara la cara;
no es oficio de pandemia, olvidar la tierra,
y solo brindarse a esta quietud profusa, en sangre vidrio,
brotando invisible al hambre de los ojos.
Y estas orquídeas ebrias de grandeza
flotando contra el signo.
EXTRAVÍO
Estoy en silencio.
Nada más me imagino como un mar manso que solo circula de signos únicos,
y la fuerte llamarada de la contemplación me hace estar callado por el rumbo.
Han sido días, casi un velero ahogado de transparencias
y todo vuelve a este mar de mi mismo,
a estas estelas que ahora, desean cuerpo de letras, desean la atadura de la voz con su sonido.
Me confieso proscrito,
no sé a dónde voy, ni pregunto nombres, repito poemas de transeúntes con espejos;
no me llenan las lecturas de Trosky o un Borges de madrugada.
Tampoco poemas de Austin, apenas Benedetti toca la puerta; me sirvo un ron mientras repaso lágrimas.
Es mi mar, lo sé, manso y tristemente tierno.
Ondula como el ocaso de una plañidera, a veces, parte cristales de un pasado arcoiris, crepita árboles
y no sé de dónde ha soñado este bosque.
Quisiera el sueño de un niño,
aquel trompo de color primavera y los patines, la sonrisa de papá, sonora como un golpe de agua, y todas las biografías de los mortales que se amaron.Mi larga fogata de imágenes luce tenue, de ahí me alumbro bajo credo de susurros, es la vida, redonda como una naranja recién madura, inhóspita como una noche egoísta, rebelde contra su oscuro. Pero así, me sigue rondando esta historia de amor que me sostiene con sus palabras de abrazo, y no temo, solo me levanto desde su vientre salvo y solo se me ocurre imaginar de todo esto, mi rosa crepuscular.
