Sindo Garay se anamoró en Santiago

Antonio Gómez Sotolongo
Especial para elCaribe

Le cantó a la mujer como pocos, fue el trashumante que viajó a todas partes y en todas partes hizo amigos y canciones, tuvo amores en los cuatro puntos cardinales, pero su mejor canción, la canción de su vida la encontró en Santiago de los Caballeros. El autor de canciones que siempre se recuerdan, como La tarde, La bayamesa, La perla marina y tantas otras, llegó a la ciudad corazón y allí quedó prendado de una bella mujer dominicana.

Sindo Garay nació en Santiago de Cuba el 12 de abril de 1867, pocos meses antes de dar inicio la guerra de los diez años, una contienda que se libró en la mayor de las Antillas por obtener la independencia de la metrópoli española. Su madre, una mujer de bella y afinada voz de contralto, le cantaba sobre todo canciones patrióticas, y desde muy pequeño le puso en contacto con las fuentes de la canción cubana.

También en aquella modesta casa se encontraban para cantar y ayudar a los mambises, personalidades de la música cubana de la talla de Pepe Sánchez, quien fuera el horcón sobre el cual se erigió el bolero, uno de los géneros musicales más cultivados en toda América. De aquella época dijo Sindo en sus memorias: «Tendría yo alrededor de cinco años y recuerdo que mi casa era visitada frecuentemente por muchos cantadores y gente del ambiente artístico santiaguero».

En esas contiendas patrióticas y musicales creció Antonio Gumersindo Garay y García, quien a muy corta edad ya componía canciones, se acompañaba a la guitarra, era maromero de circo, aprendiz de talabartero y servía de mensajero a los patriotas cubanos insurrectos.

Según cuenta Sindo en sus «Memorias», las que le contó a Carmela de León y el Museo de la Música de Cuba editó en 2009, un día en que su madre andaba en sus trajines por la cocina, él se atrevió a coger la guitarra de Pepe Sánchez que estaba sobre un sofá, y se puso a imitar lo que veía hacer a los cantadores, y con los dedos de la izquierda en el diapasón y la derecha sobre las cuerdas logró por primera vez un acorde y aquello le encendió el corazón.

En esa época también, según cuenta, le encomendaron la misión de llevar a su destino unos documentos con órdenes de José Maceo y a partir de ahí comenzó a alternar sus juegos de niño con la labor de mensajero de los mambises que en la manigua luchaban por su independencia.

Corría el año 1894 cuando llegó a Santiago de Cuba el circo de Portela, Bonne y Anido en el cual se presentaban los cantadores Ulpiano y José Valdés. Por supuesto que siendo la familia Garay una de las más ligadas en esa época a aquel tipo de espectáculos, por tener en Sindo al perfecto entretenedor, surgieron de inmediato relaciones amistosos muy fuertes y que durarían largos años con algunos de aquellos cirqueros.

En aquella oportunidad el circo tuvo en Santiago de Cuba graves problemas financieros y debió disolverse la compañía, fue entonces cuando Bonne le propuso a un pequeño grupo, en el que estaba incluido el bisoño Sindo, que salieran del país a buscar nuevos horizontes. Ya para entonces Sindo, en sus trajines independentistas, había recibido un balazo en una pierna al producirse una refriega de la que salió vivo de milagro, y poco era lo que podía ganar con su trabajo, fue por eso que aceptó emigrar por primera vez.

El primer puerto fue Cabo Haitiano donde tampoco les fue muy bien por lo que después de unas pocas funciones recogieron sus bártulos y se trasladaron a nuestro país, donde el bardo cubano, después de desintegrarse la compañía, iba a permanecer durante casi cinco años.

Anduvo como un rapsoda por montes y poblados sin descanso, buscándose el sustento con los más disímiles oficios y siempre con su imaginación al galope, creando poesías y canciones. Así llegó a Santiago de los Caballeros a finales de 1899, donde enseguida se relacionó con los trovadores del lugar y al poco tiempo ya andaba en su medio, rodeado de amigos y entonando sus canciones. Fue en eso que conoció a María Petronila Reyes y Zamora, una mujer a la que él describió en sus memorias como «una india hermosísima, de piel tostada y ojos rasgados y bellos. [ ] De pelo abundante, negro, (que) le cubría casi toda la espalda». Si así la vieron sus ojos, sus palabras no la dejaron ir. El trovador comenzó a enamorarla de inmediato y al poco tiempo ya compartían «el pan y la cama».

Sindo cuenta también en sus memorias que en esas romerías por nuestro país se relacionó con muchos compositore; entre ellos, Emilio Arté, director entonces de la banda de Puerto Plata y con Alberto Vázquez, quien fue muy conocido en Cuba por su criolla titulada La Dorila, la que alcanzó gran popularidad en la isla vecina y que, según registra la Discography of American Historical Recordings (DAHR), el dúo de Adolfo Colombo y Pilar Jiménez grabó para la Victor en 1907.

Según el artículo publicado en el Diario de la Marina (20 abr. 1930) por el poeta, escritor y periodista dominicano Oswaldo Bazil, radicado por entonces en La Habana, La Dorila era una de las piezas más aplaudidas de Las Olimpiadas, una revista musical que se presentaba por entonces en el teatro Payret por la compañía de los Robreño.

Según Bazil, la «vieja canción se cantaba entre aplausos» y «se aplaudía con vehemencia», algo que, según el articulista, debió ser para el compositor «la gloria misma», porque La Habana «siempre fue para todos los dominicanos un ideal de arte y de vida», el lugar para triunfar y «sentar plaza entre sus triunfos».

Sindo Garay y María Petronila tuvieron dos hijos, Guarionex y Guarina, quienes nacieron en Santiago de Cuba, puesto que ya para el año 1900 en la isla había terminado la guerra y Sindo creyó que era hora de regresar a casa. Entonces se llevó consigo al amor de su vida, al amor que había encontrado en el otro Santiago, y un montón de canciones creadas en tierra dominicana.

Los años por venir iban a ser de grandes alegrías para el creador, sus canciones le darían la vuelta al mundo y serían cantadas por voces de todos los confines del planeta, y quedarían registradas en fonogramas que hoy se conservan en diversas plataformas; entre ellas, la DAHR donde es posible consultar piezas tan antiguas como la canción cubana Guarina, grabada por la soprano Rosalía Chalía en 1912 o el bolero El ereal (sic) grabada en 1915 por el dúo de Floro y Cruz.

Eminentes figuras del mundo del arte elogiarían su obra, y la vida le premiaría con el don de la longevidad, prolongándole la existencia hasta el 17 de junio de 1968, fecha en la que dejó de existir el más prolífico de los trovadores cubanos.


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(*) Historiador. Master en investigación musical por la Universidad Internacional de Valencia, España. Miembro Correspondiente de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio (AHCE). Licenciado en Música por la Universidad de las Artes de Cuba. Contrabajista Principal de la Orquesta Sinfónica Nacional de la República Dominicana.
Correo-e: [email protected]

Esta página es una colaboración especial para este suplemento.

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