Viajar en la butaca: la OSN convierte el segundo concierto en una aventura sonora

Jaime Morales y Adriana Garcell guían una noche con Dukas, Saint-Saëns, Fauré, Rimski-Kórsakov y Falla en la Temporada Sinfónica 2026.

De Izq. a Der: Jaime Morales, director, y Adriana Garcell, cello solista
De Izq. a Der: Jaime Morales, director, y Adriana Garcell, cello solista

Antes de que suene la primera nota, el programa ya sugiere un aprendiz que pierde el control de la magia, un violonchelo que entra sin pedir permiso, una elegía que mira hacia la ausencia, una orquesta llena de colores españoles y un final donde la danza ocupa la sala. El segundo concierto de la Temporada Sinfónica 2026 ofrece varias puertas de entrada, tanto para el que llegue por curiosidad como para quien busca una experiencia musical.

La cita del 26 de agosto, con Jaime Morales como director invitado y Adriana Garcell como solista al cello, trae un programa que reúne El aprendiz de brujo, de Paul Dukas; el Concierto para violonchelo No. 1, de Camille Saint-Saëns; Élégie, de Gabriel Fauré; Capricho español, de Rimski-Kórsakov, y las suites de El sombrero de tres picos, de Manuel de Falla. Morales adelanta: “durante un par de horas podemos viajar a muchos lugares sin movernos de la butaca”.

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La puerta de la imaginación

El concierto abre con una obra que mucha gente reconocera: El aprendiz de brujo carga con la memoria de Mickey Mouse y las escobas de Fantasia, una asociación que Morales considera una oportunidad. “No se trata de quitarle la imagen que todos conocemos, sino de aprovecharla como puerta de entrada. Y después, dejar que la música nos lleve un poco más lejos”. En esa frase aparece una idea clave para acercar la música sinfónica al presente: la cultura popular puede servir como umbral cuando no sustituye la escucha.

Dukas escribió una partitura de humor, misterio y energía, donde la orquesta cuenta una historia sin decorado. Los instrumentos aparecen como personajes, los timbres crean tensión y el crecimiento sonoro produce una sensación casi cinematográfica. Morales sabe que el programa exige un trabajo delicado de unidad, porque la noche pasa de Francia a Rusia y España, del lirismo a la teatralidad, de la precisión al pulso. Por eso asume la responsabilidad de que la OSN “cambie de personalidad sin perder su identidad”, una formulación que resume el reto de asumir varios lenguajes sin romper el relato.

El cello que lleva una vida

En el centro emocional de la noche estará Adriana Garcell, cuya participación tiene valor artístico e institucional. Durante años ha formado parte de la Orquesta Sinfónica Nacional desde el atril, escuchando y respirando con sus compañeros; ahora caminará unos metros hacia el frente para ocupar el lugar de solista, aunque ella evita leer ese movimiento como separación.

El Concierto para violonchelo No. 1 de Saint-Saëns no concede tiempo para instalarse con calma. El cello entra desde el inicio con una energía que obliga a la intérprete a colocarse en primer plano. Garcell entiende el virtuosismo como un medio de comunicación, y por eso afirma que su desafío consiste en “no salir a demostrar lo difícil que es tocar esta obra, sino salir a contar algo con ella”. Esa mirada permite que la técnica desaparezca como mecanismo visible y se convierta en impulso expresivo.

Luego llegará la Élégie de Fauré, una pieza que, confiesa Garcell, tendrá una dedicatoria íntima a su madre, cuya memoria atraviesa su lectura de la obra. “El 26, cada nota de esta Élégie será para ella”. Allí el cello se vuelve voz interior, una forma de decir lo que el lenguaje cotidiano apenas sostiene. La propia Garcell ofrece una de las imágenes más poderosas de la conversación: “El violonchelo no necesita que entiendas lo que está diciendo para que sepas exactamente lo que te está haciendo sentir”. La frase explica por qué este instrumento conmueve incluso a quien no conoce el repertorio.

Ritmo, color y Caribe

La segunda mitad llevará a la OSN hacia Rimski-Kórsakov y Falla, dos compositores que piden color, precisión rítmica y sentido escénico. Capricho español convierte la orquesta en una superficie de destellos y contrastes, mientras El sombrero de tres picos traslada al concierto una energía nacida del teatro y la danza. Morales advierte que una orquesta caribeña puede entrar en ese repertorio desde su relación con el ritmo, siempre que mantenga claridad estilística, porque “El ritmo debe sentirse vivo, nunca exagerado”.

Esa observación evita el folclorismo fácil y abre una lectura más interesante: la Orquesta Sinfónica Nacional interpreta estas músicas desde una sensibilidad, sin imitar caricaturas de lo español ni ocultar la energía corporal del Caribe.

Garcell completa esa idea desde su historia personal, marcada por Cuba y República Dominicana, al afirmar que “El Caribe me enseñó que la identidad no tiene por qué ser una frontera”.

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