Los primeros movimientos de Oliverio Espaillat Bencosme al frente del Ministerio de Agricultura ameritan una lectura precisa. La designación de nuevos directores regionales en Santiago y La Vega es una señal temprana sobre la orientación que empieza a tomar la gestión.
Todo apunta a que habrá un foco claro hacia lo técnico, lo territorial y la producción concreta. En agricultura, mover fichas en regiones clave no es un asunto administrativo menor; allí se define buena parte del abastecimiento nacional, la relación cotidiana con los productores y el manejo de cultivos sensibles al clima y a los costos.
La escogencia de La Vega no es casual. Esa provincia forma parte del denominado triángulo del Cibao Central, junto a Hermanas Mirabal y el eje Licey al Medio–Moca, una de las zonas agrícolas más dinámicas del país. Rubros como el plátano, encuentran allí un soporte estructural para la seguridad alimentaria. Cualquier ajuste en esa región tiene efectos inmediatos. Y Oliverio lo tiene claro.
Llega al cargo con un perfil técnico poco habitual en la administración pública. Es productor, ingeniero agrónomo y conoce los procesos de modernización del campo desde la práctica. Esa condición explica que sus primeros pasos apunten a fortalecer la estructura operativa. En términos concretos, la producción de un país como el nuestro se sostiene con eficiencia.
El relevo en las direcciones regionales también conecta con una idea reiterada desde la juramentación de Espaillat Bencosme, referente al trabajo en equipo. La agricultura es un sistema expuesto a variables inesperadas, desde sequías hasta plagas. La coordinación, los datos oportunos y las decisiones a tiempo pesan más que la retórica y son determinantes.
Así las cosas, estos movimientos pueden leerse como continuidad con ajustes. El sector viene de récords productivos y de sostener un alto nivel de autoabastecimiento. Preservar ese equilibrio exige afinar la gestión, elevar rendimientos y acompañar al productor en el terreno. El mensaje parece claro: la técnica vuelve al centro de la toma de decisiones. Mecanización, tecnificación y productividad no son conceptos teóricos para el ministro, sino parte de su trayectoria. Trasladar esa lógica al aparato público será determinante.
