El trabajo después del trabajo

Durante más de dos siglos, el crecimiento económico ha estado asociado a una premisa que pocas veces se ha cuestionado. Para producir más, las economías necesitaban incorporar más trabajadores. La industrialización, la expansión de los servicios y el desarrollo de los mercados consolidaron esa relación hasta convertir el empleo en uno de los principales indicadores de progreso y, sobre todo, de prosperidad.

Sin embargo, esa premisa podría estar dejando de ser incuestionable. No necesariamente porque el trabajo vaya a desaparecer, sino porque la actividad productiva podría dejar de necesitar una incorporación proporcional de personas para sostener su expansión.

Las revoluciones tecnológicas anteriores también desplazaron trabajadores. La mecanización de la producción agrícola disminuyó la dependencia de la mano de obra en el campo, mientras que la industrialización y, posteriormente, la digitalización modificaron radicalmente la composición del empleo. Sin embargo, cada transformación abrió nuevos sectores y generó ocupaciones que compensaron, al menos parcialmente, las que desaparecieron. Más que una simple reducción, en el pasado se produjo una relocalización efectiva del trabajo.

La diferencia podría ser sustancial, al igual que su impacto. Hasta ahora, la tecnología había contribuido principalmente a elevar la productividad del trabajador. Lo que comienza a proyectarse es que determinadas actividades puedan desarrollarse sin necesitarlo en la misma proporción. No hablamos exclusivamente de empresas que operan con menos empleados, sino de una economía cuya capacidad de producir bienes y servicios podría crecer sin que ello implique una expansión equivalente de su fuerza laboral.

Los estímulos para avanzar en esa dirección son evidentes. La reducción de costos, la eficiencia operativa y la posibilidad de escalar operaciones sin incrementar proporcionalmente las plantillas constituyen ventajas competitivas difíciles de ignorar. Parecería que las empresas tienen cada vez menos razones económicas para mantener procesos intensivos en trabajo humano cuando pueden obtener resultados equivalentes o superiores mediante sistemas automatizados y, de paso, conseguir mayor homogeneidad y precisión que en los casos donde interviene el factor humano.

Pero el verdadero drama, o al menos la principal incógnita, no reside únicamente en la relación de costos. Durante décadas, las políticas públicas han procurado estimular la inversión, promover la creación de empleos y alcanzar niveles de pleno empleo. El desempleo ha sido considerado uno de los principales problemas económicos y sociales. Pero ¿qué ocurriría si, aun creciendo la economía, la demanda de trabajadores comenzara a reducirse estructuralmente?

¿Podría esta transformación afectar los precios como consecuencia de una reducción de la demanda, provocada, a su vez, por la pérdida de poder adquisitivo de los trabajadores?

No sería necesariamente una señal de recesión ni de deterioro productivo. Podría ocurrir exactamente lo contrario. Una sociedad podría experimentar incrementos extraordinarios de productividad, mayores niveles de producción y una oferta más amplia de bienes y servicios, mientras disminuye la cantidad de personas que necesita incorporar a sus procesos productivos.

Como he planteado anteriormente, esta posibilidad obliga a revisar algunas de nuestras respuestas tradicionales. El ingreso básico universal, por ejemplo, ha pasado de ser una propuesta marginal a formar parte de las discusiones sobre el futuro de la economía. La idea consiste en garantizar un ingreso a los ciudadanos independientemente de su condición laboral. Bill Gates y Elon Musk, desde perspectivas distintas, han advertido sobre las implicaciones de un escenario en el que la automatización reduzca considerablemente la necesidad de trabajo humano.

También se ha planteado la reducción de las jornadas laborales como una forma de distribuir las ganancias de productividad. Carlos Slim ha defendido modelos de trabajo concentrados en menos días, mientras que la semana laboral de cuatro días ha comenzado a experimentarse en distintas organizaciones. Ambas propuestas parten de una cuestión fundamental, la de cómo traducir los avances tecnológicos en mejores condiciones de vida y no exclusivamente en mayores márgenes empresariales.

Pero hay un problema que no podemos soslayar. La productividad no garantiza por sí misma una distribución equitativa de la riqueza. Una economía puede producir más y, al mismo tiempo, concentrar los beneficios en quienes controlan el capital, la tecnología y los sistemas de producción. El desafío no será solamente generar prosperidad, sino establecer mecanismos institucionales que permitan distribuirla sin desincentivar la innovación ni comprometer la sostenibilidad económica.

Existe, además, una dimensión que suele quedar relegada en estas discusiones. El trabajo no es únicamente una fuente de ingresos. También estructura nuestra vida cotidiana, proporciona reconocimiento, identidad y sentido de pertenencia. Una sociedad en la que una proporción significativa de sus ciudadanos deje de ser económicamente necesaria para producir tendrá que replantearse mucho más que sus políticas de empleo y protección social, sin dejar de atender aspectos tan sensibles como los propiamente humanos.

Por supuesto, todavía desconocemos la velocidad y el alcance de esta transformación. La tecnología tiene limitaciones, la adaptación de los mercados no es automática y surgirán actividades que hoy difícilmente podemos anticipar. Sería prematuro anunciar el fin del trabajo o asumir que la creación de nuevas ocupaciones será insuficiente para compensar las que desaparezcan.

En cualquier caso, luce pertinente que empecemos a pensar en el trabajo después del trabajo.

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