PUBLICIDAD X
CONTINUAR A ELCARIBE.COM.DO

Con frecuencia soy testigo de una de las manifestaciones de amor que mayor daño causa a las personas. Cada vez que asisto a un evento de esta naturaleza, me golpea fuerte, porque durante mucho tiempo la viví en mi propia casa. Me refiero a esas actitudes sobreprotectoras que te impiden desarrollarte como persona.
La más reciente ocurrió la semana pasada. Llamé a una madre para invitar a su hija adolescente a participar en una de las actividades que realizamos en Fundación Francina para desarrollar destrezas sociales en jóvenes con discapacidad visual. La conversación se tornó hostil sin que me diera cuenta. La madre decía que ella no podría asistir, por lo que su hija tendría que perderse el evento. Lo malo no es que dejara de acudir a la jornada, sino que desde pequeña la niña ha crecido excluida de espacios que le permitan desarrollar destrezas sociales y autonomía.

La excusa de esa madre y de otros tantos padres con los que he hablado, siempre es que aman a sus hijos e hijas. Y en nombre de ese amor adoptan un rol que va más allá de la protección y la cobertura de necesidades básicas. Se convierte en una camisa de fuerza que impide la autorrealización y la interacción de las personas con sus iguales.

A menudo me encuentro con jóvenes que tienen una capacidad nula de comunicación con otras personas. Su comportamiento corresponde al de una persona de menor edad. Y esa condición genera un círculo pernicioso. La actitud es ajena a quienes tienen mayores destrezas sociales, se genera una barrera, la persona se aísla mucho más, en consecuencia es más excluida, y esto se convierte en un círculo vicioso.

Lo más grave de este fenómeno es que quienes lo viven con mayor crudeza son las mujeres. Hasta hace muy poco, las mujeres con discapacidad visual tenían menos competencias técnicas que los hombres y unas destrezas sociales mucho más deficiente. En cierta medida, el origen de esas condiciones se generó en el seno familiar. La parte más difícil es que en realidad los padres y madres quieren lo mejor para sus hijas e hijos. Solo se trata de que los miedos, la falta de acompañamiento adecuado, la desinformación existente y una larga lista de barreras les mueven a adoptar conductas y decisiones nocivas para las niñas, niños y adolescentes con alguna discapacidad.

Siempre que veo una de estas situaciones, recuerdo el caso Genie, conocido también como el Experimento Prohibido. Un padre decidió que su hija era muy frágil y el mundo muy peligroso para ella, por eso la encerró en su habitación desde que nació. En el hogar nadie podía dirigirle la palabra, salvo situaciones muy mínimas.

Cuando unos trabajadores sociales la descubrieron accidentalmente, se encontraron con que Genie tenía altos niveles de subdesarrollo físico y mental. Carecía de capacidad para el lenguaje y se había perdido por completo toda la información necesaria para decodificar comportamientos sociales básicos. El caso se destapó en 1970 en los Estados Unidos. Y desde ese año hasta su vejez, Genie tuvo que vivir en albergues y asilos, incapaz de gestionarse por sí misma.

Esta historia siempre me viene a la memoria porque con muchas niñas y niños veo actitudes similares de parte de sus padres y madres. El exceso de amor les niega la posibilidad de interactuar, desplazarse de forma autónoma y establecer redes de contactos que les permitan construir una identidad. Dicho de un modo sencillo: tanto amor destroza las vidas de sus hijas e hijos.

En mi experiencia, las personas con discapacidad que gestionan sus barreras, trabajan, estudian y establecen redes de contactos, contaron con una familia que les impulsó. Sé de abogados, comunicadores, profesores y estudiantes que tienen un manejo impecable; utilizan herramientas y superan cada desafío que se les presenta.

Todas y todos tienen en común una familia dedicadas a estimularles. Desde un padre que le leía a su hijo con ceguera, hasta una madre que motivaba a su hija a aprender a cocinar y poner un pequeño negocio de comida. El patrón es abrumador. La capacidad de construir autonomía o dependencia en una persona con discapacidad tiene mucho que ver con la familia. Por eso, si amar a una persona implica una jaula, se trata de un amor tóxico que mata lentamente.

Toda la literatura disponible establece la necesidad que tienen los seres humanos de auto realizarse. Y esa autorrealización pasa por enfrentarse a crisis, tropiezos y experiencias que generen aprendizajes, caparazón y capacidad para resolver dificultades en la vida cotidiana.

Una persona que conozco dice: “Si tu amor me destroza, mejor no me ames”. Suscribo al cien por ciento esa declaración. Quiéreme menos, pero acompáñame a crecer como persona.

Posted in Opiniones
agency orquidea

Más contenido por Francina Hungría