Destrucción creativa

Autor: Waldy Bocio Montero

En 1942, el economista Joseph Schumpeter escribió que el capitalismo avanza mediante un proceso de “destrucción creativa”. Nuevas tecnologías desplazan a las antiguas, nuevos métodos sustituyen a los viejos y quienes no se adaptan terminan perdiendo terreno frente a quienes sí lo hacen.

Más de ocho décadas después, la inteligencia artificial parece haberse convertido en el ejemplo más reciente de este concepto.

Basta abrir una red social para encontrar predicciones sobre el fin de numerosas profesiones. Abogados, periodistas, programadores y economistas son frecuentes entre las ocupaciones condenadas a desaparecer. Pero la historia económica ofrece otra lección. La calculadora no eliminó a los matemáticos. Excel no acabó con los contadores.

Internet no hizo desaparecer a los periodistas. En cada caso, las herramientas transformaron la manera de trabajar, pero no eliminaron la necesidad per se del conocimiento humano.

Como bien señaló el Premio Nobel de Economía Daron Acemoglu (The Simple Macroeconomics of AI, 2024), el impacto de la IA dependerá menos de la tecnología en sí misma que de la forma en que decidamos utilizarla. Diseñada para complementar las capacidades humanas, puede generar importantes ganancias de productividad. Utilizada únicamente para sustituir trabajadores, sus beneficios podrían ser mucho más limitados, como demostró Acemoglu en su trabajo conjunto con Pascual Restrepo sobre automatización y tareas (Automation and New Tasks, 2019).

En esa línea, Ethan Mollick (2024), de la Escuela de Negocios Wharton, sostiene que la inteligencia artificial funciona mejor como un “copiloto” que amplifica las capacidades humanas, más que como reemplazo total del trabajo intelectual. Y ahí radica el verdadero cambio. La IA puede resumir documentos, procesar grandes volúmenes de información y redactar borradores en segundos. Lo que no puede hacer es ejercer juicio, comprender plenamente el contexto de una decisión pública o formular las preguntas que permiten encontrar respuestas valiosas. Por eso, quizás Schumpeter tenía razón una vez más. La inteligencia artificial no está destruyendo la profesión del economista. Está destruyendo una forma antigua de ejercerla. Y, como ocurre en toda destrucción creativa, quienes sepan adaptarse serán los principales beneficiarios.

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