Como consecuencia de la quiebra del orden internacional que conocíamos, varias de las premisas sobre las que se han fundamentado nuestras políticas de desarrollo se han puesto en cuestionamiento. Esto nos obliga a repensar los objetivos y las prioridades que nos habíamos dado.
Hasta hace poco, asumíamos un contexto internacional con fronteras económicas relativamente abiertas, un alto nivel de interdependencia entre las naciones, estabilidad, predictibilidad y espacios activos para el diálogo, la negociación y la solución de diferencias. Reconocíamos la existencia de transiciones importantes que podíamos gestionar de forma paulatina, tales como la transición energética hacia fuentes sostenibles, el cambio tecnológico vinculado a la digitalidad y la inteligencia artificial, y la emergencia de un mundo multipolar asimétrico con la presencia de varias potencias medias y polos de poder global.
En ese entorno fundamentalmente abierto y pacífico, las claves del desarrollo parecían claras y se encontraban expresadas en instrumentos como los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), la Estrategia Nacional de Desarrollo y los planes plurianuales del sector público. La política pública debía concentrarse en al menos cinco pilares tradicionales: asegurar un entorno propicio para la inversión y la modernización tecnológica de base amplia, impulsar prioritariamente la educación para elevar la productividad, fortalecer la protección social para asegurar mayor cohesión, garantizar la estabilidad macroeconómica frente a shocks, y promover la producción y el consumo sostenibles.
Sin embargo, este escenario está cambiando de forma acelerada. El mundo ya no es predecible, tampoco pacífico, y es cada vez menos arbitrable. Aunque el ordenamiento internacional de la posguerra fría había sido cuestionado desde el Sur Global, ha sido el desafío proveniente de los propios países ricos lo que lo está haciendo tambalear. Para algunos sectores, ese ordenamiento ha sido el culpable de la desindustrialización, la pérdida de empleos y la precarización laboral. Para otros actores más poderosos, las reglas y prácticas internacionales les estorban porque limitan su capacidad de actuar a sus anchas o porque ya no desean asumir los costos de hacerlas cumplir. Como resultado, se está desmantelando el sistema mediante el cuestionamiento de sus instituciones, el retiro de apoyo financiero y el desconocimiento de las leyes internacionales.
El desenlace de esta crisis es un multilateralismo debilitado donde el diálogo y el arbitraje son reemplazados por una competencia feroz y violenta por el control de territorios, activos físicos, infraestructuras, energía, recursos, cadenas de suministro, conectividad y finanzas. Es bajo esta perspectiva de confrontación que debemos interpretar los múltiples conflictos actuales, como la guerra ruso-ucraniana con participación de la OTAN, la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán, las acciones de Estados Unidos en el Caribe, las disputas entre India y China, y la competencia global entre China y Estados Unidos.
A la par de esta inestabilidad geopolítica, enfrentamos dos realidades ineludibles. Primero, los shocks climáticos severos y continuos han dejado de ser una predicción para convertirse en una realidad cotidiana. Segundo, la capacidad disruptiva de las nuevas tecnologías digitales y de la inteligencia artificial es mucho mayor de lo previsto, desplazando la atención hacia los severos riesgos que entrañan. Todo esto apunta hacia un mundo incierto y riesgoso, con altas probabilidades de disrupciones en las cadenas de suministro y shocks energéticos, alimentarios y climáticos.
Ante esta situación, una pregunta relevante es cómo cambian las claves del desarrollo. El nuevo escenario no desplaza la vieja agenda, sino que le añade capas de complejidad. Los objetivos de sostener el crecimiento, generar empleo y mejorar la calidad de vida se mantienen vigentes, pero construir y fortalecer la resiliencia —la capacidad de soportar golpes y recuperarnos— se ha vuelto prioritario. En este momento histórico, resistir y recuperarse de los shocks debe colocarse en la cima de los objetivos de la política pública.
Debemos enfocarnos especialmente en cuatro tipos de resiliencia:
- Resiliencia energética: Cada disturbio en los mercados de hidrocarburos eleva la inflación, reduce el crecimiento y drena las divisas. Estamos obligados a acelerar el autoabastecimiento mediante fuentes renovables, no solo por razones climáticas, sino por protección económica. Si el impacto reciente no fue mayor, se debió a que hoy una mayor proporción de la electricidad proviene de fuentes limpias. Asimismo, se requiere avanzar hacia la movilidad eléctrica y expandir la red de electrolineras y los sistemas modernos de transporte urbano de pasajeros.
- Resiliencia alimentaria: La pandemia demostró la importancia de sostener el abastecimiento en contextos convulsos. La vida corre riesgo si los sistemas agroalimentarios no responden a los shocks, incluidos los energéticos que afectan la producción de fertilizantes. Es indispensable tecnologizar la agropecuaria, elevar su productividad y hacerla sostenible mediante una gestión racional del agua, del suelo y de los agroquímicos.
- Resiliencia hídrica: Íntimamente vinculada a la alimentaria, el agua es una pieza crítica para la vida y la producción. Aumentar su producción, proteger las cuencas de forma vigorosa, y modernizar los sistemas de agua potable y de riego deben ser objetivos de alta prioridad en la agenda estatal.
- Resiliencia climática: Significa soportar y recuperarse de eventos extremos como tormentas, huracanes o sequías prolongadas. Esto supone desarrollar una agricultura resistente, adaptar las infraestructuras viales, energéticas e hídricas para eventos extremos, y lograr asentamientos humanos ordenados y menos vulnerables.
Reducir la dependencia energética y alimentaria, directa o indirecta, es vital para que los golpes del entorno duelan menos. Sin embargo, la complejidad no solo radica en el qué hacer, sino en el cómo, y allí queda un enorme trecho por recorrer. Para ello, es indispensable abordar dos elementos críticos.
En primer lugar, hay que mejorar significativamente las capacidades estatales para ejecutar, coordinar y sostener políticas y reformas. No es un secreto que el Estado enfrenta desafíos para impulsar proyectos e iniciativas de política, los cuales se hacen evidente tanto por el tiempo que toman como por la calidad del resultado. Resulta insuficiente tener metas claras si las capacidades técnicas y operativas son deficientes. Contar con personal capacitado, herramientas digitales adecuadas, misiones definidas y una alta capacidad de interoperar y trabajar articuladamente son piezas críticas para traducir visiones en resultados concretos.
En segundo lugar, es imperativo superar el cortoplacismo y adoptar perspectivas estratégicas a largo plazo. Esto requiere construir capacidades prospectivas y analíticas que nos permitan mirar más allá de la curva para identificar tendencias, riesgos y oportunidades antes de que ocurran. Debemos adelantarnos a las transformaciones en las cadenas globales de valor, los cambios en el turismo, las implicaciones de las tendencias climáticas sobre el agro y el turismo, y los mercados de minerales críticos, microprocesadores, logística y transporte. Esto permite aproximarnos a responder a algunas preguntar relevantes: ¿Cuáles son las oportunidades y los riesgos reales que plantea el friendshoring? ¿Qué buscarán y qué apreciarán los turistas en la próxima década? ¿Hacia dónde camina la producción y el consumo mundial de alimentos y las agrotecnologías y que oportunidades y desafíos implican para nuestros productores? ¿Qué tenemos que hacer para sacarle el máximo provecho a la explotación de minerales críticos? ¿Por dónde van los desarrollos de la inteligencia artificial y cuáles pueden ser sus implicaciones concretas para nuestra economía?
Ser protagonistas de nuestro propio futuro requiere imaginarlo con los niveles de razonabilidad que la información disponible nos permita.
Las coordenadas del mundo están cambiando de forma irreversible. Nuestras miradas y acciones deben transformarse al mismo ritmo, pues de ello depende la capacidad de aprovechar las nuevas oportunidades del entorno y reducir sus riesgos.
