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Las elecciones del próximo domingo en Brasil cierran un intenso ciclo electoral en América Latina que ha reconfigurado el escenario político en la región. Este ciclo comenzó con las elecciones en Costa Rica en febrero y abril de este año. En esta ocasión el socialdemócrata partido Frente Amplio se impuso al peligro que representaba el ultraconservador partido Restauración Nacional, del diputado cristiano Fabricio Alvarado. Luego siguieron los comicios de Paraguay, con el triunfo del candidato del partido Colorado Mario Abdo Benítez. Este año también, se llevó a cabo el cuestionado proceso electoral venezolano que mantuvo a Maduro en el poder.

Entre mayo y junio, el electorado colombiano prefirió al conservador Ivan Duque frente al candidato de izquierdas Gustavo Petro. En las elecciones de México alcanzó la presidencia el candidato de centro izquierda Andrés Manuel López Obrador, al derrotar a los partidos políticos tradicionales PRI, PAN y PRD. A excepción del caso venezolano, todos los demás procesos se desarrollaron sin mayores dificultades, cumpliéndose con los parámetros de integridad electoral internacionalmente aceptados. Dos elementos deben servir de aprendizaje para el caso dominicano, la rapidez con que los órganos electorales dieron los resultados y el reconocimiento, por parte del candidato perdedor, del triunfo de su oponente.

Las elecciones en Brasil son especialmente importantes, pues de ellas depende si en el continente, tal y como pasó en los Estados Unidos, la intolerancia, el autoritarismo y el discurso del odio y la discriminación siguen ganando espacio de poder. El candidato con mayor preferencia en las encuestas (30%) es el ultraconservador Jair Bolsonaro, exmilitar y diputado, que tiene más de 10 puntos por encima de su contendor más cercano, el candidato del PT y sucesor de Lula, Fernando Haddad. El candidato de extrema derecha es conocido por sus posiciones nacionalistas, de defensa de la dictadura, de desprecio a las mujeres y de justificación de la tortura y los crímenes de la policía en Brasil.

Es de esperar que este ciclo electoral latinoamericano termine como inició en Costa Rica, cerrándole el paso a un proyecto político extremista que saca lo peor de los ciudadanos de un país. En Brasil, no puede instalarse un presidente que retrotraiga a ese país y a la región a sus épocas más oscuras. Ya bastante tiene el continente y el mundo con lo que pasa en Norteamérica. Los escándalos de corrupción y la crisis económicas en Brasil han generado un gran descontento, pero la salida no puede ser el absurdo. Los problemas de la democracia se resuelven con más democracia. Eso vale también para los dominicanos.

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