¡Aleluya, Aleluya!

El Messiah de Händel (sí, el del “Aleluya, Aleluya”) es el gran “malentendido feliz” de la música que el mundo adoptó para la Navidad.

El Messiah de Händel (sí, el del “Aleluya, Aleluya”) es el gran “malentendido feliz” de la música: una obra pensada para la temporada de Cuaresma y Pascua que el mundo adoptó como banda sonora de Navidad.

La paradoja tiene lógica. La Parte I abre con profecías de Isaías, anuncia el nacimiento y culmina en la luz de la Encarnación. Es, musicalmente, un Adviento perfecto. Y como el calendario cultural manda más que el litúrgico, los coros y las ciudades descubrieron que en diciembre la gente busca exactamente eso: emoción con trompetas, ternura con cuerdas, esperanza en estéreo.

La historia, además, tiene sus anécdotas de humor. En su estreno de Dublín (1742) se pidió a las damas ir sin miriñaques (la estructura metálica con la que se “armaban” las faldas para darles mayor volumen) y a los caballeros sin espada, para que entrara más público. Algo así como: “Por favor, deje su ego barroco en el guardarropa”.

Entre las miles de grabaciones del Messiah, recomiendo la de Sir Colin Davis con la London Symphony Orchestra, publicada en 2007: una lectura amplia, noble, de respiración larga, cálidamente expresiva, que no corre para impresionar. Davis no “barniza” a Händel; lo cuenta. Y cuando llega el “Aleluya”, uno no se conmueve por tradición, sino porque el corazón lo pide.

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