Lola Astanova nació en Taskent, Uzbekistán. Niña prodigio en la escuela Uspensky y discípula de Lev Naumov, que llegó a definir su Chopin como “simplemente excepcional”. Un dato que suelen olvidar los puristas que la destruyen por sus minivestidos, tacones imposibles y fotos de portada para revistas de moda.
Luego de un pequeño periplo ausente, la pianista favorita de Donald Trump regresa con dos piezas propias de la época navideña: Carol of the Bells y Dance of the Sugar Plum Fairy de El Cascanueces, grabadas en video junto a la Chamber Orchestra of Bitola, donde lleva al extremo la lógica de su personaje: una pianista de conservatorio envuelta en estética de videoclip de lujo.
La cámara la adora, la orquesta funciona como alfombra sin demasiadas sutilezas tímbricas, y el célebre motivo navideño se convierte en un himno épico entre el trailer de Hollywood y el easy listening de alta gama.
Aquí se entiende por qué Trump la adora: la conoció en Mar-a-Lago, la invitó a tocar en la Casa Blanca y encontró en ella la banda sonora perfecta para sus salones dorados. Astanova encarna el “trumpismo” estético en la clásica: brillo, exceso visual y virtuosismo empaquetado para cámara, sin ser en absoluto una farsante al piano.
Astanova no es el futuro de la música navideña, pero sí una muestra de una intérprete de música clásica que entiende cómo funciona la era digital y se apropia de ella, algo que aún intentan descubrir muchas orquestas.
