Construir confianza: una enorme tarea para el cambio político

Un cúmulo histórico de traiciones, saqueos, promesas incumplidas, derechos denegados e intensos esfuerzos individuales para sobrevivir en medio de una dinámica social agresiva y excluyente han levantado en la ciudadanía una de las más grandes barreras que enfrenta cualquier proyecto político con pretensiones de construir sentido y bienestar común: la desconfianza.

La confianza, según el diccionario de la Real Academia Española, es la “esperanza firme que se tiene de alguien o algo”, y su marcada ausencia entre la ciudadanía y las instituciones dominicanas es un preocupante fenómeno claramente identificado en el famoso Informe Attali. El estudio del 2010 explica que, con un crecimiento económico por encima de la media de América Latina y el Caribe, República Dominicana ha sido incapaz de garantizar que el contrato social tenga significado positivo para la mayoría de la población. “Con un desempleo endémico, un mercado informal considerable, una política de salud pública poco eficaz, y una criminalidad en aumento, el pueblo dominicano tiene un sentimiento de abandono que lo lleva al individualismo social (el “no pago”) y a la desconfianza en las instituciones nacionales.

El Barómetro de las Américas del 2017 también describe el problema. Entre 2012 y 2016 la confianza de la ciudadanía dominicana en las elecciones cayó 11 puntos, pasando de 46.3% a 34.8% en apenas cuatro años.

En el mismo estudio se puede observar que los partidos, considerados como los más importantes mecanismos para el ejercicio de los derechos políticos, están perdiendo el poco nivel de confianza del que gozan. La confianza en los partidos pasó de 26% en 2008 a un 20.4% en 2016. Y recordemos que a octubre del 2017 la encuesta Mark Penn describía un panorama en el que el 58% de los votantes no se identificaba con ningún partido del sistema. Esta altísima desafección resultó mayor en los jóvenes de entre 18 y 24 años, donde el 74% se declaraba independiente o sin ningún tipo de relación con los partidos del sistema (esto incluye a partidos emergentes o alternativos).

El cuadro de alejamiento progresivo entre los intereses y las perspectivas de la ciudadanía y la agenda del liderazgo político es claro. Y se empeora con una progresiva caída de la confianza interpersonal, que para el 2016 era de solo 11%, según Latinobarómetro. Es decir, cuando a los dominicanos y dominicanas se les pregunta si pueden confiar en la mayoría de las personas (en los amigos, vecinos, en la familia…) solo el 11% dice que sí. El 89% restante duda, teme, vive y se relaciona con recelo. Esto quiere decir que la cohesión se está rompiendo. Vivimos cada vez más chivos, más alejados, más concentrados en resolver nuestros problemas de manera individual debido, entre otras razones, a la ruptura de las promesas de solución que nos han presentado desde la política en las últimas décadas.

Terreno para el clientelismo

La alta desconfianza en la política debe ser parte de la explicación de la cultura del clientelismo en la disputa por el poder en República Dominicana. “No creo en nadie”. “Son todos unos ladrones”. “Ese nuevo que viene en campaña se la da en serio y habla bonito, pero así mismo eran los que están ahora pegados a la teta”. “Llegaron en chancleta y andan en jeepeta”. Estas son solo algunas de las frases repetidas desde diversos segmentos de la población votante antes de establecer una relación de intercambio o beneficio racional inmediato con los candidatos y dirigentes lanzados a la campaña electoral. Racionalmente, en un ambiente de precariedad y derechos no protegidos, se aplica la máxima “más vale pájaro en mano que cien volando”, y se cobran RD$500, RD$1,000, “dos mil milongas” o más por la venta del derecho al sufragio activo. Es una práctica en la que participan básicamente los partidos mayoritarios y sus satélites. Pero los denominados alternativos tampoco ofrecen mejores garantías de ser diferentes y de merecer el voto sin ninguna retribución material de por medio. El estudio “Imaginar el Futuro” (2017) del Instituto de Investigación Social para el Desarrollo (ISD) demuestra que los “partidos minoritarios” solo cuentan con un 7.3% de la confianza del electorado, frente a un 20.3% del PRM, el principal partido de oposición. Al igual que los grandes partidos los llamados “alternativos” no suelen estar presentes en la agenda de las reivindicaciones cotidianas de la gente. Apenas salen en campaña prometiendo ser más serios y comprometidos que las fuerzas tradicionales, y esperando que la ciudadanía les responda como si la promesa de ser diferente bastara en este país de tantas traiciones y amarres.

Ausencias que distancian

Si observamos, ni los partidos denominados tradicionales ni los que se asumen alternativos han sido protagonistas de las movilizaciones reivindicativas de la última década. Los movimientos sociales por la Educación, por Los Haitises, contra la Barrick Gold, Loma Miranda, contra represión policial o la Marcha Verde por el Fin de la Impunidad han llenado los espacios de representación olvidados por el oficialismo y la partidocracia opositora. Ya deben ser millones los dominicanos y dominicanas que tienen en su memoria referencia de partidos de oposición activos solo para fines de promesas de campaña, disputas internas o gestión de su propio marco institucional, mientras el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) comparte con Dios la condición de omnipresente. A través de los diversos y multimillonarios recursos presupuestarios del Estado, el PLD se encuentra a diario y a toda hora en cada barrio, en las emisoras, canales de televisión, iglesias, asociaciones, gremios y espacios de articulación social, ejerciendo un poder de control y transacción material permanente e imposible de vencer con apariciones esporádicas de quienes se asumen redentores.
Como en las relaciones interpersonales, este clima de desconfianza en la política y los partidos se alimenta de hechos concretos y se expande en la basta subjetividad de las personas. Todo el que ha vivido una traición, un gran desencanto o una infidelidad sabe lo difícil que es continuar junto al otro, avanzar compartiendo espacios, sueños o construcciones comunes cuando la duda carcome cada paso común. La confianza es como un cómodo lazo para unir voluntades. Una vez perdida, ¿cómo se recupera?, ¿con hermosas palabras?, ¿con presentación de promesas cada cuatro años?, ¿con mejores discursos?, ¿con más presencia en los medios?, ¿diciendo en voz alta que quienes están en el poder son malos o corruptos?, ¿con afectos a larga distancia?, ¿haciendo silencio ante las reivindicaciones de las comunidades y la ciudadanía? La respuesta a estas preguntas podría ayudar definir acciones indispensables en la agenda de trabajo de quienes aspiran a provocar un cambio político profundo en las próximas elecciones del 2020. La tarea es enorme y el tiempo corto, muy corto.

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