Marie Chantel Montás
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La República Dominicana tiene una de las tasas de cesárea más altas del mundo: en 2024, el 68% de los nacimientos ocurrió por esta vía. Pero el dato más revelador no es solo cuántas se hacen, sino cuándo se hacen. Al revisar los registros de nacidos vivos del MISPAS entre 2016 y 2025, que suman 1.44 millones de nacimientos, aparece una tendencia clara: en un día de semana promedio nacen 446 bebés, frente a 292 un sábado y 246 un domingo. Es decir, los nacimientos caen alrededor de 40% durante el fin de semana.
Ese patrón sugiere que una parte importante de los nacimientos está siendo programada. A nivel nacional, los partos vaginales se distribuyen de forma estable y apenas caen 7% en el fin de semana. Las cesáreas, en cambio, se concentran más en los días laborables.
La diferencia por sector es aun más evidente, debido a que, en las clínicas privadas, las cesáreas superan ampliamente a los partos vaginales todos los días de la semana y disminuyen 61% en el fin de semana. En los hospitales públicos las cesáreas disminuyen 47%, pero la distribución semanal entre tipo de parto es más equilibrada.
La diferencia entre sectores no prueba que una cesárea específica haya sido innecesaria, pero sí sugiere que, donde la práctica médica está más expuesta a incentivos económicos y de organización, la programación del parto pesa más en la fecha del nacimiento. La cesárea permite concentrar varios partos en un mismo día, exige menos tiempo impredecible que un parto vaginal y suele remunerarse mejor.
La cesárea salva vidas cuando está médicamente indicada. Sin embargo, cuando no es necesaria, expone a madres y a recién nacidos a riesgos evitables y también incrementa los costos del sistema de salud. La OMS ha documentado que, a nivel poblacional, aumentar las cesáreas por encima de 10% ya no reduce la mortalidad materna ni neonatal. Una cesárea innecesaria aumenta para la madre el riesgo de hemorragias, infecciones, complicaciones quirúrgicas y una recuperación más lenta, y en embarazos posteriores eleva el riesgo de complicaciones adicionales.
Para el recién nacido, puede retrasar la lactancia y el contacto piel con piel, y se asocia con más problemas respiratorios al nacer. Además, requiere quirófano, anestesia y, con frecuencia, hospitalizaciones más largas. Cuando estos riesgos y costos siguen un patrón de programación, el problema deja de ser solo clínico y pasa a ser también institucional.
Por eso, la discusión debería centrarse en corregir los incentivos que favorecen el uso excesivo y no médicamente necesario de las cesáreas. Entre los cambios posibles están igualar pagos entre parto vaginal y cesárea, exigir justificación clínica documentada y publicar tasas de cesárea por hospital y clínica para que las familias puedan comparar. El sistema ya cuenta con los registros para empezar a hacerlo. El desafío ahora es usar estos datos para que las decisiones sobre la vía del nacimiento respondan cada vez más a criterios clínicos y menos a incentivos ajenos a la salud de las madres y recién nacidos.
Marie Chantel Montás Ureña es economista de la salud y candidata doctoral (PhD) en Sistemas de Salud y Economía del Desarrollo en la Universidad de Harvard. Se especializa en salud global y utiliza métodos cuasiexperimentales para evaluar políticas y programas que impactan la salud pública, la calidad de la atención sanitaria, y el bienestar de las personas en situación de pobreza. Tiene una maestría en Salud Pública, con concentración en Gestión y Políticas de Salud, de la Universidad de Michigan, y una licenciatura en Economía de la PUCMM, en Santo Domingo. l
