El país tuvo dos conspicuos “hacedores de opinión pública”; por demás, redentores sociales y veedores públicos que con su pluma-látigo pontificaban sobre moral, ética pública y adecentamiento la política; sin embargo, hoy esos dos “camaradas” hacen mutis, allende los mares, mientras el país se cae a pedazos de corrupción y narcopolítica y ellos disfrutan sin chistar de sus quehaceres diplomáticos -en todo su derecho-. Pero lo menos que su otrora crítica-látigo -en contra del PLD-gobierno- demanda es su renuncia irrevocable y regreso al país a ejercer su sacerdocio ético-moral, pues la corrupción pública-privada, en este gobierno, es una hipérbole.
Y esos dos filósofos-periodistas no pueden ser indiferentes a la degradación ética-política que auparon, pues la doble moral no puede sucumbir ante cargos y salarios cuando se profesaba ética y crítica acérrima ante lo mal hecho. Entonces, el vate y el periodista deberían renunciar y denunciar, en la antigua plaza de Las Banderas, con la misma fuerza y pulmón de otrora, y encima darse golpes en el pecho en esa misma plaza pública. ¿Será posible? Lo dudo.
Por ello, en países en vías de desarrollo, como el nuestro, hay que ser prudente y nunca abandonar la duda, más si se es filólogo-escritor e intelectual y periodista; pues el extinto Vargas Llosa -y ellos, seguro, lo leyeron- dejó una suerte de cartografía o catarsis en su libro El pez en el agua. Allí, por las páginas de ese libro-testimonio, el desencanto y la podredumbre política-ideológica desnuda lo que se esconde detrás de muchos discursos, paradigmas, cacicazgos-liderazgos y narrativas sobre un edén ilusorio.
Y el pecado no ha sido haber aceptado un cargo o rango público -diplomático o estatal (a eso todos tenemos derecho)-, sino el silencio sepulcral de esos redentores sociales y látigos éticos , que ni señas de vida dan, a pesar del buen vino y la cortesía que rige el oficio que hoy ejercen -repito, en todo su derecho, pues yo también lo disfruté; pero jamás renuncié a la crítica a cualquier riesgo, porque como me decía un caro amigo y ex embajador: “Solo tengo en mi escritorio una foto y la puerta para irme”-.
Hoy, si les queda algo de memoria y trayectoria de lucha, a esos dos conspicuos camaradas, cronistas y “hacedores de opinión pública”, se estarán preguntando: !Valió la pena predicar en calzoncillo!
¡Que pena!
