Gobernar es una forma acelerada de aprender a perder la inocencia. Uno llega creyendo que el cargo trae respuestas y descubre pronto que trae preguntas, casi todas incómodas. Imagino que eso es lo primero que ha aprendido Luis Abinader en ese viaje difícil y solitario que es el poder: que un presidente no lo sabe todo, ni siquiera casi todo. Que el despacho más alto del Estado es, en el fondo, una habitación cerrada donde el silencio pesa más que los aplausos.
Abinader habrá aprendido que un presidente es el ciudadano mejor guardado del país. Protegido, sí, pero también separado. La gente se le acerca con informes, cifras, discursos escritos por otros. La realidad llega filtrada, como el café de una máquina vieja. Y entonces uno entiende que no basta con juramentar funcionarios para que todos caminen en la misma dirección. Algunos avanzan, otros se detienen, otros miran de reojo por si el viento cambia. Gobernar es aceptar que no todos los tuyos son tuyos.
En el poder no existen amigos, sino intereses. Esa lección no se enseña en las campañas. Allí todo es abrazo, promesa y foto. Luego, en el gobierno, los amigos se vuelven críticos feroces y los antiguos enemigos llaman para ofrecer ayuda. No por maldad, sino porque así funciona el mundo cuando el poder entra en juego. Imagino que Abinader aprendió a no tomárselo como algo personal, aunque al final del día todo lo es.
También habrá entendido que no todas las promesas se pueden cumplir. No porque no se quiera, sino porque la realidad es más terca que los discursos. El tiempo en el poder corre más rápido que fuera de él.
Los días se acortan, los años se encogen. El calendario avanza mientras uno intenta resolver lo urgente y pospone lo importante. El poder envejece. No solo en el rostro, también en la mirada.
Quizá hoy Abinader sepa que el poder no siempre está en el Palacio Nacional. Que a veces el mejor consejo no llega de un ministro, sino de un hombre en la calle que no pide nada a cambio. Que gobernar es escuchar incluso cuando duele. Y que al final, cuando cae la noche y se apagan los teléfonos, queda una pregunta simple y brutal: ¿qué aprendí hoy que no sabía ayer? Esa, tal vez, sea la verdadera lección del poder.
Demuéstrame que estoy equivocado.
