Hace unos días encontré a un amigo de infancia al que no veía desde hacía años. Nos abrazamos, preguntamos por nuestras familias y prometimos almorzar la semana siguiente. Entonces recordé que llevábamos diez años repitiendo aquella promesa. Nunca habíamos discutido. Vivíamos cerca. Simplemente, siempre encontrábamos una razón para no vernos.
La escena me hizo pensar en esa extraña costumbre de aplazar precisamente aquello que más deseamos. Dejamos las visitas para cuando termine el trabajo, los viajes para cuando mejoren las finanzas y el descanso para cuando llegue la jubilación. Confiamos en un futuro generoso, dispuesto a devolvernos los días que hemos entregado a nuestras obligaciones.
Es una confianza conmovedora. También bastante ingenua.
Conozco personas que dedicaron su juventud a reunir dinero para disfrutar de la vejez y llegaron a ella sin salud o sin compañía. Otras descubrieron que sus hijos habían crecido mientras atendían compromisos supuestamente inaplazables. No hay maldad en esas decisiones. Hay, más bien, una equivocación persistente: creer que lo importante puede esperar sin consecuencias.
Naturalmente, sería absurdo aconsejar a quien apenas consigue pagar el alquiler que abandone el empleo para contemplar la tarde. Las obligaciones existen. El dinero importa. Las familias necesitan alimento, techo y cuidados. Pero entre cumplir nuestros deberes y renunciar a vivir hay una distancia que pocas veces nos detenemos a examinar.
Lo inquietante es que solemos advertirlo demasiado tarde. Cuando un amigo muere, una madre deja de reconocernos o el cuerpo comienza a imponer sus condiciones, comprendemos que no todas las ocasiones se repiten. Entonces revisar la agenda resulta un ejercicio casi cruel: tantas reuniones inútiles, tantas urgencias que ya nadie recuerda.
Me pregunté cuántas amistades habíamos perdido por atender asuntos que, vistos desde hoy, no merecían tanta importancia.
No quisiera cnvertir esta reflexión en una prédica sobre la felicidad. Desconfío de quienes ofrecen recetas para vivir. Apenas sugiero algo más modesto: dejar de tratar el afecto como un asunto secundario.
Ayer volvió a llamar aquel amigo. Preguntó si finalmente almorzaríamos. Tenía asuntos pendientes, desde luego. Algunos incluso parecían urgentes.
Por primera vez en diez años decidí que podían esperar.
Y fijamos la fecha.
