Cuando las cosas van mal, buscamos un culpable inteligente. Nos consuela imaginar que alguien con talento ha organizado el desastre. Cuesta admitir una explicación menos prestigiosa: a veces basta con reunir a suficientes personas incapaces de hacerse una pregunta.
La política siempre ha tenido mentirosos, oportunistas y personajes que prometen resolver en una tarde lo que no entendieron durante veinte años. Lo novedoso es la cantidad de ciudadanos que los escuchan con devoción y se enfadan si alguien les pide una prueba.
Se atribuye a Pérez-Reverte esta frase: la estupidez puede resultar más peligrosa que la maldad. Tiene cierta lógica. El malintencionado necesita calcular; el estúpido actúa con una seguridad que ningún conocimiento ha conseguido estropearle.
El ignorante puede aprender. El engañado puede descubrir el truco. Pero hay personas que consideran cualquier dato contrario a sus opiniones una ofensa personal. Si los hechos no les dan la razón, peor para los hechos.
Las redes sociales han democratizado esa conducta. Antes, para decir una barbaridad, había que encontrar gente dispuesta a escuchar. Ahora basta con un teléfono y una indignación medianamente bien escrita. La rectificación llega después, cuando ya nadie tiene ganas de leerla.
Los partidos conocen el procedimiento. A menudo prefieren seguidores enfurecidos a ciudadanos informados. Pensar exige esfuerzo; aplaudir solo requiere identificar quién habla. También resulta más cómodo compartir un insulto que examinar un presupuesto. Es una ventaja extraordinaria para quienes confunden gobernar con administrar la credulidad ajena colectiva.
Conviene aclarar que ninguna ideología posee la exclusiva. Hay estupidez de izquierdas, de derechas y de quienes aseguran estar por encima de ambas mientras repiten las consignas de una de ellas.
Por eso la educación importa, aunque los títulos tampoco conceden inmunidad. Conozco discursos pronunciados por personas muy preparadas que obligarían a pedir disculpas a cualquier analfabeto sensato. La democracia puede resistir políticos mediocres e incluso gobernantes deshonestos, siempre que existan ciudadanos dispuestos a vigilarlos. Lo verdaderamente peligroso comienza cuando una multitud renuncia a preguntar.
Entonces el demagogo ni siquiera tiene que mentir demasiado. Le hacen el trabajo gratis. Y, por si faltaba algo, lo felicitan.
Demuéstrame que estoy equivocado…
