Me duele decirlo, pero vivimos una época en la que muchos protagonistas del sistema político han convertido la mentira en método. No disimulan; la repiten hasta creerla y esperan que los ciudadanos hagan lo mismo. Lo preocupante no es únicamente esa conducta, sino que demasiadas personas aceptan el papel de espectadores porque esperan un empleo, una ayuda oficial o un beneficio pasajero.
Mienten dirigentes, comunicadores, asesores y militantes. Cada uno interpreta su libreto mientras el país espera una conversación seria sobre los problemas que afectan la educación, la salud, la seguridad y las oportunidades. Parecemos resignados a una representación interminable donde nadie quiere abandonar el escenario porque teme perder los aplausos de su propio grupo.
Los políticos que se acercan a los ochenta años deberían revisar su trayectoria con la serenidad de quien entiende que la experiencia también exige rectificaciones. Si el destino vuelve a llevarlos al poder, tendrían que llegar con equipos preparados, honestos y capaces, no rodeados por quienes solo buscan privilegios personales.
Los más jóvenes tampoco pueden conformarse con repetir las viejas costumbres. Les corresponde demostrar que la política todavía puede ser un servicio público digno.
Los jóvenes más responsables deberían mirarse en el espejo antes de aprender a dominar un micrófono. El país necesita dirigentes capaces de escuchar incluso a quienes no votarán por ellos. Esa disposición vale más que cualquier campaña ingeniosa o cualquier consigna repetida hasta el cansancio.
Quisiera verlos sentados alrededor de una mesa, sin sectores de interés que dicten cada frase, discutan cómo construir instituciones fuertes y reglas iguales para todos. Ese día volveré a creer que la democracia puede dejar de ser un teatro para convertirse, por fin, en una responsabilidad compartida.
No necesito unanimidad, necesito honestidad. Prefiero un adversario que diga la verdad a un aliado dedicado a fabricar ilusiones. La democracia solo merece ese nombre cuando el ciudadano puede confiar en la palabra pública.
Mientras sigamos premiando la actuación y castiguemos la franqueza, seguiremos aplaudiendo funciones repetidas con entradas pagadas por todos. Ya es hora de bajar el telón y comenzar una conversación nacional verdaderamente adulta y responsable para el futuro de este país digno de mejor suerte.
Demuéstrame que estoy equivocado.
