La discreción en la política

La discreción en la política no está escrita en ningún manual dominicano. Nadie la enseña en la universidad ni aparece en los programas de formación de líderes. Sin embargo, hubo una generación que la aprendió como si fuera una segunda piel. No en aulas, sino en pasillos silenciosos, en oficinas donde se hablaba bajo y se escuchaba mucho.

Pienso en el entorno de Joaquín Balaguer. En figuras como Rafael Bello Andino, Pérez Bello, Aníbal Páez y también en las mujeres que trabajaban en la casa de la avenida Máximo Gómez número 25. Allí parecía existir una regla no escrita: lo que se hablaba dentro no salía. La política, entendida como ejercicio del poder, también era un ejercicio de silencio.

Hoy ese silencio parece una rareza.Escribo esto porque observo, casi como si fuera un deporte nacional en YouTube, las revelaciones continuas de políticos locales. Entrevistas donde se cuentan confidencias, conversaciones privadas que de pronto se vuelven espectáculo, historias que antes se quedaban entre cuatro paredes y ahora circulan como contenido en las redes.

Uno escucha a algunos dirigentes hablar de reuniones delicadas, de llamadas, de estrategias internas, como si narraran una anécdota de café. Tal vez no se dan cuenta de que en política la indiscreción siempre tiene un precio. A veces no es inmediato, pero llega.

Los líderes políticos, aunque son hombres y mujeres públicos, necesitan saber dónde termina lo público y dónde empieza lo reservado. Gobernar también implica manejar información sensible, mensajes de Estado, conversaciones que no pueden convertirse en entretenimiento.

La confianza es una moneda frágil. Se construye despacio y se rompe rápido.

Por eso importa el círculo. Con quién se habla, a quién se le cuenta algo, quién está presente cuando se discute un tema importante. En política, el entorno define muchas veces la estabilidad del poder.

Hoy abundan los indiscretos. Quizá porque la época premia al que habla más y más rápido. Pero el poder, históricamente, ha sido más amigo del que sabe callar.

Tal vez por eso quienes aprendieron cerca de Balaguer recibieron, sin saberlo, una de las mejores escuelas del poder: la escuela de la discreción. Porque en política, a veces, el silencio también gobierna.
Demuéstrame que estoy equivocado…

Posted in DE UNA SENTADA, OpinionesEtiquetas

Más de opiniones

Más leídas de opiniones

Las Más leídas