La sociedad de la normalización (I de VI)

Aquí lo grave ya no necesita esconderse. La corrupción aparece en los periódicos, circula durante unos días y después encuentra alojamiento en nuestra memoria corta.

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¿Qué tipo de sociedad estamos viviendo hoy? Michel Foucault habló de una sociedad disciplinaria, organizada alrededor de instituciones capaces de vigilar, corregir y castigar. Byung-Chul Han sostiene que aquella sociedad fue sustituida por la sociedad del rendimiento, donde cada individuo termina explotándose mientras cree ejercer plenamente su libertad. Quizás nosotros hemos avanzado hacia otra cosa: la sociedad de la normalización.

Aquí lo grave ya no necesita esconderse. La corrupción aparece en los periódicos, circula durante unos días y después encuentra alojamiento en nuestra memoria corta. El político ya no necesita una idea de país; necesita un buen asesor, fotografías adecuadas, encuestas favorables y alguien que administre las redes sociales. Primero se fabrica el candidato. El pensamiento puede esperar. Doscientas treinta y seis personas pueden morir en una tragedia y la justicia avanzar con una lentitud que desconcierta a los familiares. Mientras tanto discutimos procedimientos, influencias, relaciones y apellidos. Los jueces llegan muchas veces bajo sospechas de vínculos políticos y después pretendemos que la ciudadanía contemple sus decisiones sin preguntarse quién los escogió. La demagogia dejó de avergonzar. Prometer cualquier cosa tiene menos consecuencias que explicar una verdad desagradable.

También dejamos de leer. No todos, naturalmente, pero suficientes para que pensar despacio parezca una extravagancia. Una ocurrencia alcanza millones de reproducciones mientras una reflexión seria apenas consigue algunos lectores. El algoritmo descubrió antes que nosotros que entretener resulta más rentable que comprender. Mi generación todavía conoció otra educación. Y quienes nacieron en los noventa alcanzaron a tocar el final de aquel mundo antes de entrar definitivamente en este. Había palabras como vergüenza, reputación, responsabilidad y principios que conservaban cierto peso social. No significaba que entonces fuéramos mejores. Significaba que algunas conductas todavía necesitaban ocultarse.

Ahora sucede algo peor. El hombre que conserva principios comienza a sentirse equivocado. Mira alrededor y descubre que cumplir las reglas puede convertirlo en culpable, mientras que violarlas con habilidades puede convertirlos en exitoso. Foucault temía la vigilancia. Han advierte sobre el cansancio. Nosotros deberíamos preocuparnos por algo anterior: haber dejado de escandalizarnos frente a un hecho violatorio de la ley.

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