El pasado 9 de septiembre, el diario estadounidense The Wall Street Journal reveló que asesores del presidente Donald Trump le han advertido que la guerra que él inició con Irán el 9 de febrero, bajo la promesa de que sería una operación breve -al estilo Venezuela- en la que eliminaría a los principales líderes de la Revolución Islámica, con lo que lograrían un cambio de gobierno, podría prolongarse hasta el final de la administración. Diferentes agencias como Reuters, Times of Israel, Babel e Islam Times se han hecho eco de esta información que, sin embargo, se enfrenta a declaraciones del jefe de Estado, quien en diferentes ocasiones ha prometido terminar el conflicto en breve debido a la superioridad de su país frente a un rival que, según él, está militar y económicamente diezmado.
Los hechos toman distancia de estas afirmaciones, pues analistas independientes e incluso estadounidenses han llegado a afirmar que Estados Unidos está perdiendo la guerra y que, tras los breves espacios de cese de hostilidades, el país persa se ha fortalecido militarmente. Jesús Manuel Pérez Triana señaló que Irán lidera el conflicto al lograr preservar sus objetivos estratégicos frente a Estados Unidos e Israel. Entretanto, los expertos en temas geopolíticos Ignacio Walker y Sumit Ganguly afirman que “Teherán ha logrado actuar como un vencedor táctico tras resistir los embates militares y económicos de potencias nucleares sin rendirse estratégicamente”.
Opiniones y hechos se confrontan y la verdad se viste de puntos de vista que muchas veces responden al deseo o a la estrategia de los bandos que juegan a modelar la visión del público y penetrar en el ánimo del adversario para afectarlo psicológicamente. Pero fuera de programas publicitarios envueltos en informaciones servidas por los grandes medios corporativos y otros independientes que responden a líneas editoriales contestatarias, resalta la inocultable complejización del panorama, que ya rebasa el teatro de guerra que en principio se analizaba y apunta hacia un conflicto no solo más prolongado sino geográficamente más extenso y complicado; pues los hutíes ya no están en el proscenio jugando el papel de proxies y orientados a dar golpes limitados y específicos, sino que con sus últimas acciones entran de lleno en el teatro de guerra, complicando aún más el escenario tras su avance hacia territorio saudí y el control del mar Rojo, que estrangula la válvula energética alternativa al estrecho de Ormuz.
En paralelo está la guerra en Ucrania, que tras el inicio del conflicto en Irán pasó a un segundo plano mediático. El presidente Trump, durante la campaña electoral que lo llevó por segunda vez a la presidencia de los Estados Unidos, había prometido que terminaría ese conflicto bélico en 24 horas. Pero esta guerra no tiene final a la vista. Rusia, antes que debilitarse y balcanizarse, como según algunos analistas era el propósito de Occidente, se ha fortalecido en el orden militar, económico y diplomático, al punto que ha pasado a ser un pilar fundamental en el reordenamiento de los mercados globales junto a estadounidenses y chinos.
Esos conflictos no son la causa de los cambios que experimentamos a nivel del planeta, sino la consecuencia de un ciclo occidental de 500 años de dominio, iniciado por la conquista de América, los procesos de colonización, la industrialización y el poderío militar de los Estados Unidos de los últimos 100 años, que comenzó a agotarse a medida que países como China y -en menor medida- India, iniciaron un proceso de reformas internas aprovechando errores cometidos por los países que estaban a la cabeza de la industria y la innovación.
Los conflictos bélicos avanzan a la par de un cuadro que muestra cambios que han llegado al punto de no retorno, en el que se avista una arquitectura financiera alternativa que reduce la participación del dólar y le planta cara al SWIFT; un reordenamiento de los mercados y una redefinición de la cadena de suministro impulsadas por alianzas estratégicas que le dan un carácter de multicentralidad al mundo. Terca realidad que debe servir a los países de economías pequeñas para replantear sus alianzas comerciales estratégicas, a fin de no depender de una sola cesta.
Vivimos en un momento de transición que la República Dominicana no debe ignorar. Históricamente -es axiomático- estos procesos van dejando en el camino a un montón de perdedores. ¿Quiénes son? Los que no comprenden el fenómeno y que, por no comprenderlo, se dejan arrastrar por las manipulaciones que acompañan la dinámica del cambio, la se torna confusa para el que ignora las causas de los acontecimientos.
En medio de estas complejidades que llevan a la perplejidad e insondable incertidumbre, nuestro país se asoma a un proceso electoral en el que sus principales actores, en complicidad con medios de comunicación y oligarcas desorientados, recurren a lo banal para promover sus figuras dejando de lado esos temas que, queramos o no, definirán el futuro de este y todos los demás. La cuestión es más seria de lo que pensamos. Ojalá la sensatez se imponga al fanatismo, la ignorancia y la visión de corto plazo. Lo que estamos viendo no es realidad virtual. No es un juego de Nintendo ni un intercambio caprichoso de “parvuladas”.
