Instrucciones para el primer café del día

Seguramente usted se levanta al segundo o tercer timbre del despertador, o tal vez como en mi caso, si ya peina canas, se incorpora automáticamente al filo del amanecer, cuando todavía está oscuro, pero la ciudad ya ha abierto sus fauces de cemento y comienza a rugir por todo lo alto… acaso una vez que se ha frotado los ojos se pone de pie y se lava la cara, con agua fría o tibia según su costumbre y, ya desparramadas las lagañas que le enturbian los ojos, camina hacia la cocina para preparar la cafetera, eléctrica o no, la carga con ese polvo oscuro cuyo aroma lo remonta a los primeros años de su infancia… déjese estar entonces en ese regreso efímero al pasado luminoso en que un momento parecido a este presagiaba un día de escuela o un sábado de prácticas de béisbol, de baloncesto, tal vez de fútbol o un día de playa…

Cuando la cafetera comience a zumbar sobre la llama imagine que ese sonido es una secreta ovación, casi clandestina, con la que dioses ignorados despiertan para darle los buenos días, para desearle que le vaya bien en ese exilio rutinario que es el extraño sitio al que debe emigrar para cumplir la obligación de ganarse el pan y, con el fruto de su esfuerzo, pagar cada factura.

Si endulza su café, o si se lo bebe amargo da lo mismo, recuerde que el primer sorbo debe tomarse con la mirada fija en un punto cualquiera de la cocina o de la sala, que es como decir con los ojos puestos en la nada, sienta el tránsito de ese elixir que termina de despejar cada neurona y trate, aunque le resulte difícil, de no pensar demasiado, espere un momento antes de asomarse al apocalipsis de una portada de periódico o a las catástrofes de los noticieros, de todos modos ya habrá tiempo para sufrir o enojarse, mejor busque una melodía antigua que le traiga memorias de tiempos felices, las sílabas secretas de un nombre olvidado y las sonrisas y caricias asociadas a ese amor ya lejano en el tiempo…

Después, recuerde que un tal Kipling escribió hace ya mucho que “el triunfo y el fracaso, esos dos impostores”, y simplemente asómese a la vida…

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