Los laberintos

El término laberinto deriva del griego antiguo labyrinthus, que se origina en la palabra labrys, hacha de doble filo. El más famoso de la mitología es el que supuestamente estaba en Creta, donde fue encerrado el minotauro, híbrido con cuerpo de hombre y cabeza de toro al que el héroe Teseo finalmente mató.

Los laberintos son construcciones complicadas, llenas de pasillos de los que es casi imposible salir, salvo que se conozca el rumbo de antemano, En la antigüedad bastaba con doblar siempre a la derecha para encontrar la salida.

Actualmente son sitios para divertirse, casi siempre en lugares turísticos, pero en la literatura posterior al mundo griego también aparecen, con su carga de misterio y hasta de horror.

Borges, en su cuento El jardín de senderos que se bifurcan, establece que el mejor de todos los laberintos, donde todas las salidas son posibles, es el tiempo, pero en otra de sus historias es el desierto, donde un rey prisionero es liberado y muere de hambre y de sed.

Hay otros laberintos acaso menos intrincados por los que todos tenemos que pasar, tal vez el más largo y difícil de transitar sea la vida misma, donde desde el nacimiento cada hombre o mujer conoce de antemano la salida definitiva, pero ignora el momento en que la alcanzará.

Esos enormes hormigueros en los que las personas se amontonan y que terminan creciendo hacia arriba en forma de enormes rascacielos, como Nueva York, Londres, Tokio o París, acaso sean formas acabadas de laberintos, donde la gente se pierde además en un anonimato muy parecido al de la selva, de ahí que a cada una de esas ciudades les cabe perfectamente esa definición de “jungla de cemento”.

Otro laberinto acaso sea la propia memoria, esa que nos permite desandar en el recuerdo los caminos recorridos, para marchar hacia el pasado que fue moldeando nuestro presente, para reencontrarnos con el niño que fuimos, con los sueños que dejamos atrás, con los amores que olvidamos o nos olvidaron, un sendero que a veces recorremos con nostalgia y otras, casi siempre, con tristeza.

De todos modos, nada quita que la propia existencia, ese laberinto que estamos condenados a recorrer, aunque sepamos de antemano adónde conduce inevitablemente, sea el más prodigioso y fascinante de todos.

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