Trampas que no ayudan

Entre las tantas acepciones de la palabra trampa que figuran en el diccionario de la RAE, la primera es: “Artificio de caza que atrapa a un animal y lo retiene”. La autoayuda bien puede encajar en esta definición, más perniciosa que la publicidad o la credibilidad dispensada a ciertos discursos políticos.

Una trampa implica un peligro potencial cuando aún no hemos caído en ella, incluso cuando sabemos dónde está y para qué está. Y la cuestión es que no hay prácticamente nadie que no tenga algún problema, una preocupación por una enfermedad, una frustración, un motivo de angustia que requiera de atención especializada, ya sea médica, sicológica o siquiátrica y que pueda caer en la autoayuda como panacea.

Un filósofo coreano que escribe en alemán y muy de moda en estos días, Byung Chul-han, describe el mundo en que vivimos como “la sociedad del cansancio”, donde se identifica la felicidad con productividad, con esfuerzo para ganar más dinero, aunque lleve una carga de trabajo que agote por completo las ganas de vivir.

La autoayuda ofrece no solamente esa felicidad, sino también la posibilidad de alcanzarla mediante fórmulas muy simples, sin otra ayuda que la propia voluntad, y carga toda la responsabilidad en uno mismo. Esto se reduce a ser positivos, tener una actitud firme, asumir cada tarea cotidiana con optimismo y fijarse metas, dar siempre lo mejor y, si con eso no se solucionan los problemas de angustia, depresión, ataques de pánico y ansiedad, la culpa siempre ha de ser de uno, porque ha fallado en aplicar correctamente el método o la manera de seguir los pasos que la autoayuda establece para conseguir los resultados, según el manual del gurú en que se apoye.

La autoayuda, que se resume en ser tu propio sicólogo, tu propio médico, tu propio entrenador, es una industria que mueve miles de millones de dólares en libros, canales de Youtube, programas de TV, podcasts y otros medios, dinero que se embolsillan charlatanes que ni siquiera tienen un título académico y si lo tienen lo usan para embaucar.

A veces se disfraza o se filtra en textos literarios, como las novelas de Paulo Coelho o las obras de Robin Sharma. Paramos aquí, aunque hay mucha más tela para cortar en este enorme lienzo entretejido con mentiras y que huele a estafa.

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