El temor a la muerte, innato en el ser humano por el instinto de conservación, figura entre las sensaciones y posteriores conceptos e ideas que dieron origen al culto de los muertos y a las religiones en general, que prometen la vida eterna si se cumplen determinados deberes fijados por los decálogos sagrados.
Los cristianos celebran el Día de los Fieles Difuntos el dos de noviembre, fecha instituida en la Edad Media por el monje benedictino San Odilón de Cluny, que instituyó en los monasterios de su orden una jornada especial para orar por las almas de todos los fallecidos que estaban en el Purgatorio.
La muerte provoca el duelo, un dolor que se vive con intensidad en los primeros tiempos de la desaparición del ser querido y que se atenúa con el tiempo, lo que lleva a los difuntos a formar parte de la familia como presencias invisibles, que retornan en el recuerdo y en las evocaciones.
Se recuerda a los muertos y en muchas culturas se les teme, un miedo alimentado por las leyendas y las historias de aparecidos que forman parte de la conciencia mítica de los seres humanos.
En las iglesias se celebran misas especiales, y como nunca en ningún momento del año, cientos de personas llegan a los cementerios a dejar flores, a encender velas y a rezar oraciones como gesto de amor por los que ya no están.
En las profundas y arraigadas tradiciones cristianas del pueblo dominicano, no es de extrañar que esta fecha tenga un carácter especial, y que las visitas a los camposantos también generen un estado de recogimiento.
Honrar a los difuntos, recordar sus mejores ejemplos y tenerlos siempre presentes como parte de la historia personal y familiar, es también una manera de honrar la vida y la trayectoria de los que ya no están.
Ojalá este Día de los Fieles Difuntos sirva para que todas las familias puedan unirse en oración o en evocaciones de los que ya han partido de este mundo, y que el ejemplo de los que ya se fueron ilumine el camino de los que trabajan y construyen el futuro.
