Apenas días atrás, el 16 de agosto, celebramos el 163 aniversario del Grito de Capotillo y el 161 de la Restauración.
Inconsulta anexión a España por Pedro Santana, artífice militar y defensa de la independencia de Haití, en 1844. No existe conciencia plena de esos eventos de la gran mayoría de los dominicanos, con énfasis en las juventudes. El Grito de Capotillo fue la declaración de guerra contra la Anexión y por ende al poderoso ejército español, dando inicio a la Guerra Restauradora. Benito Monción, Santiago Rodríguez, José Cabrera, Lucas Evangelista de Peña, Pedro Antonio Pimentel y otros valientes, entraron por la frontera y plantaron la bandera tricolor dominicana, en un cerro cerca de Dajabon: Capotillo, que dio lugar al enfrentamiento del ejército imperial contra el monte dominicano. Grupo de valientes que desafió armas, poder, enormes recursos y entrenamiento militar, con “maña criolla”, valor infinito, descomunal arrojo, osadía, heroísmo olímpico y guerra de guerrillas. Fue una de esas veces que la temeridad dejó de ser imprudencia y se convirtió en heroísmo. Los hombres de la restauración reclamaban una patria y se atrevieron a desafiar una gran potencia, manifestando la voluntad de no dejarse manejar por otros. Fue mucho más que expulsar al ejército de ocupación que procuraba readquirir un territorio colonial: fue recuperar la República. Vino a decir que la independencia no fue un accidente histórico ni una concepción temporal y esa voluntad se pagó con sangre. Santiago fue el centro del núcleo rebelde que logró con sacrificios, sufrimientos y voluntad libertaria, constituir un gobierno que se pagó de nuevo con sangre. Los tabaqueros financiaron la oposición armada contra el enemigo español. Fue una guerra de montañas, emboscadas, guerrillas y resistencia popular. Los nuestros conocían el terreno, sabían donde atacar, donde esconderse y cuando desaparecer. El monte se convirtió en aliado, el camino, en trampa y el machete terminó acompañando al fusil, para derrotar de manera deshonrosa a un ejército bien armado, con barcos, bien aprovisionado y mejor entrenado para la lucha convencional. Su superioridad numérica no significó ventaja frente a la astucia montaraz para atacarles y producir bajas y desmoralización. Aquello no fue una guerra más. Fue la decisión de un pueblo pequeño, pobre y políticamente dividido: fue la voluntad de decirles “esta tierra vuelve a ser nuestra”.
España envió miles de soldados a enfrentarse a un enemigo que parecía fantasmal y a un clima, terreno y enfermedades que resultaron tan peligrosos como los restauradores. No era el calor de Castilla, ni la lluvia de Andalucía, ni las montañas eran las de sus pueblos, ni la guerra la que esperaban. Una de las ironías de la historia: España había regresado creyendo recuperar Santo Domingo, pensando que lograba una posesión y terminó descubriendo que estaba intentando gobernar una tierra que ya había aprendido a vivir en libertad. Miles de muertos, pueblos quemados y arrasados, familias separadas, propiedades destruidas cientos de mutilados, sangre, sufrimiento, sudor y lágrimas fueron los cimientos de la reconquista de la independencia mancillada. La guerra se extendió y terminó obligando a España a abandonar nuevamente a Santo Domingo. El 3 de marzo de 1865, la reina Isabel II de España, firmó el decreto que anulaba la anexión y la Provincia Ultramarina.
