El infierno y otros incendios

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El receloso Borges se sentía como pez en el agua cuando se sumergía en las páginas de la sombría “comedia” de Dante, que leyó y releyó en múltiples versiones durante casi toda su vida. Algún placer parecido le proporcionaban “El llano en llamas” y en particular “Pedro Páramo”, la obra cumbre de Juan Rulfo, si acaso no lo son ambas.

A Borges le fascinaban las descripciones del infierno dantesco, en el que no creía. El infierno de un dios que castigó a toda la humanidad porque alguien se comió una manzana, como decía más o menos Juan Goytisolo.

También sucumbió Borges a la tentación del infierno rulfesco, el verdadero, el que creamos los seres humanos aquí entre nosotros.

La contribución de Dante a la poesía es casi tan grande como su contribución a la superchería.

El aporte de Rulfo a la literatura corre parejo con su contribución a la sociología.

El infierno de Rulfo es real, no metafísico, pero Borges no hizo ninguna distinción entre uno y otro. Se movía a placer entre dos aguas, o, mejor dicho, entre dos fuegos. Lo que más parecía interesarle de la literatura era el artificio literario, la forma de darle vida al barro de la palabra. A Dante -por esa razón- lo encumbró casi por encima de Shakespeare. Sobre “Pedro Páramo” dejó un testimonio de admiración que raramente dispensaba a escritores que se expresaban en una lengua, un “embeleco” que supuestamente despreciaba. El “mediocre”, “vil”, “limitado” idioma español:

Juan Rulfo Y Pedro Páramo

“Emily Dickinson creía que publicar no es parte esencial del destino de un escritor. Juan Rulfo parece compartir ese parecer. Devoto de la lectura, de la soledad y de la escritura de manuscritos, que revisaba, corregía y destruía, no publicó su primer libro -El llano en llamas, 1953- hasta casi cumplidos los cuarenta años. Un terco amigo, Efrén Hernández, le arrancó los originales y los llevó a la imprenta. Esta serie de diecinueve cuentos prefigura de algún modo la novela que lo ha hecho famoso en muchos países y en muchas lenguas. Desde el momento en que el narrador, que busca a Pedro Páramo, su padre, se cruza con un desconocido que le declara que son hermanos y que toda la gente del pueblo se llama Páramo, el lector ya sabe que ha entrado en un texto fantástico, cuyas indefinidas ramificaciones no le es dado prever, pero cuya gravitación ya lo atrapa.

“Muy diversos son los análisis que ha ensayado la crítica. Acaso el más legible y el más complejo sea el de Emir Rodríguez Monegal. La historia, la geografía, la política, la técnica de Faulkner y de ciertos escritores rusos y escandinavos, la sociología y el simbolismo, han sido interrogados con afán, pero nadie ha logrado, hasta ahora, destejer el arco iris, para usar la extraña metáfora de John Keats.

“Pedro Páramo es una de las mejores novelas de las literaturas de lengua hispánica, y aun de la literatura.

“(Jorge Luis Borges, Madrid: Alianza, 1998, Biblioteca Borges)”.
Si la esencia de un caballo es su caballinidad, según afirmaba Hegel, quizás la esencia de la literatura es su literaturidad, y a eso se atiene Borges en su juicio, independientemente de lo que pueda significar.

En cambio, el interés de Carlos Fuentes por la obra de Rulfo tiene que ver con los mitos, los grandes mitos. Carlos Fuentes, el autor de “Aura” , compartía con Rulfo la afición por los espíritus y los infiernos de la mitología pagana clásica (de la cual deriva en parte la judeo cristiana islámica que la niega), y es difícil encontrar algo tan bien elaborado y pensado como lo que dice al respecto. De alguna manera, Fuentes “logra destejer el arco iris”, parte del arco iris simbólico de la obra de ese Juan Rulfo colosal que hace renacer “la imaginación mítica (…) en el suelo mexicano”:
“No sé si se ha advertido el uso sutil que Rulfo hace de los grandes mitos universales en Pedro Páramo. Su arte es tal, que la trasposición no es tal: la imaginación mítica renace en el suelo mexicano y cobra, por fortuna, un vuelo sin prestigio. Pero ese joven que inicia la odisea en busca de un padre perdido, ese arriero que lleva a Juan Preciado a la otra orilla, la muerta, de un río de polvo, esa voz de la madre y amante, Yocasta-Eurídice, que conduce al hijo y amante, Edipo-Orfeo, por los caminos del infierno, esa pareja de hermanos edénicos y adánicos que duermen juntos en el lodo para iniciar otra vez la estirpe humana en el desierto de Comala, esas viejas virgilianas—Eduviges, Damiana, la Cuarraca—, fantasmas de fantasmas que contemplan sus propios fantasmas, esa Susana San Juan, Electra al revés, el propio Pedro Páramo, Ulises fijo de piedra y barro… todo este trasfondo mítico permite a Juan Rulfo trazar la ambigüedad humana de un cacique, sus mujeres, sus pistoleros y sus víctimas y, a través de ellos, incorporar la temática del campo y la Revolución mexicanos a un contexto universal” (Carlos Fuentes, La Cultura en México, 29 de julio de 1964).

Aparte del fenómeno literario, mitológico, metafísico, etc., el drama social que padecían las personas en que se basan los personajes de Rulfo se ha convertido en algo peor y se ha extendido a casi toda la geografía del país. Ese México dinámico y pujante a pesar de todo. El mismo México que (como sugirió alguien que no recuerdo), en otras condiciones podría transformarse en un vecino tan indeseable como Japón.

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