Santo Domingo;- Cada 14 de febrero, las redes sociales se inundan de flores, mensajes románticos, cenas y promesas de amor eterno. Es una fecha que, más que conmemorar sentimientos profundos, se ha convertido en un fenómeno comercial que celebra la felicidad visible. Sin embargo, mientras muchos festejan, existe un grupo de mujeres para quienes este día pasa inadvertido o se convierte en una herida abierta: madres que viven el lado invisible del amor, marcado por la ausencia, el duelo y la espera de justicia.
Para estas madres, el amor no se expresa en regalos ni fotografías compartidas, sino en la resistencia diaria de seguir adelante tras la pérdida de un hijo o en la angustia permanente de no saber dónde está. Es un amor que duele, que no descansa y que se sostiene en la esperanza, aun cuando el tiempo pasa sin respuestas.
Algunas han perdido a sus hijos en circunstancias violentas, accidentes o hechos aún bajo investigación. Otras viven un duelo intermitente, ese que no permite cerrar ciclos porque la desaparición deja la historia inconclusa. Cada día despiertan con la ilusión de una llamada, una pista, una noticia que les devuelva la paz o, al menos, la verdad.
En fechas como el Día del Amor y la Amistad, el contraste se hace más evidente. Mientras el mundo celebra, estas madres recuerdan. Mientras otros sonríen, ellas exigen justicia. Su amor no desapareció con la ausencia; por el contrario, se transformó en lucha, en reclamo constante ante las autoridades y en un grito colectivo para que sus hijos no sean olvidados.
El lado invisible del amor también se manifiesta en marchas, velas encendidas, fotografías sostenidas con manos temblorosas y nombres repetidos como una oración. Es un amor que no busca aplausos ni atención mediática, solo respuestas, acompañamiento y un sistema que no las deje solas.
Este 14 de febrero, más allá de lo comercial, es una oportunidad para mirar hacia ese amor silenciado, para reconocer a las madres que siguen esperando justicia por hijos fallecidos o desaparecidos, y para recordar que el amor más profundo no siempre sonríe, pero nunca se rinde.
