El “partido corporativo”

La política es forma. Y suponer que el ciudadano se detiene a estudiar cuidadosamente cada movimiento, cada discurso y cada proceso interno de los partidos probablemente sea exigirle a la democracia más de lo que esta suele ofrecer.

Bryan Caplan, en El mito del votante racional, recupera una vieja discusión de la elección pública: para el ciudadano común, informarse exhaustivamente sobre política tiene un costo y ofrece un beneficio individual muy pequeño. Un voto difícilmente decide por sí solo una elección. De ahí que buena parte de la política se perciba mediante imágenes, símbolos e impresiones más simples que los procesos que ocurren detrás de ellas.

Los partidos lo saben. Algunos parecen haber encontrado en el mundo empresarial una estética cómoda para representarse a sí mismos.

La organización política comienza entonces a parecerse a una corporación: intereses, accionistas principales, consejos de administración, ejecutivos, cuotas de participación y hasta herederos que parecen recibir acciones políticas junto con el apellido.

El problema comienza cuando el consenso deja de significar la construcción de acuerdos entre liderazgos y pasa a ser un mecanismo para distribuir posiciones. Uno recibe una vicepresidencia; otro, una secretaría. A un grupo se le reservan determinados espacios y a otro se le garantiza representación. Finalmente aparece la fotografía y todos sonríen: el “consenso” fue alcanzado.

Pero distribuir puestos no necesariamente mide liderazgo. Puede medir capacidad de negociación, peso interno, influencia histórica, poder económico, relaciones personales o la necesidad de evitar una crisis. Todo eso forma parte de la política. Lo que no conviene es confundirlo con la voluntad de sus miembros.

Los partidos suelen sentirse cómodos hablando de democracia hacia afuera. La dificultad aparece cuando deben practicarla hacia adentro. Una elección interna obliga a comprobar cuánto de democrático había realmente entre ganadores y perdedores.

La democracia partidaria no se demuestra cuando todos están de acuerdo, sino cuando no lo están: cuando compiten proyectos distintos, la mayoría se impone, la minoría acepta que perdió y quien gana comprende que la victoria no le concede propiedad sobre la organización.

El partido corporativo prefiere otra cosa: impone el organigrama. Sustituye competencia por negociación, liderazgo por representación de grupos y debate por una cuidadosamente administrada exhibición de unidad. Incluso el lenguaje se parece al de las empresas: equipos, líneas institucionales, protocolos y códigos. Algunos hasta se uniforman bajo el pretexto de un “código de vestimenta”. Esa imagen quizá explique mejor el fenómeno que cualquier tratado de ciencia política.

Los partidos no son empresas. Sus dirigentes no son accionistas. Un partido democrático necesita organización, disciplina y acuerdos, pero también incertidumbre: la posibilidad real de ganar y de perder.

Cuando el organigrama sustituye la competencia, las posiciones se distribuyen conforme al peso de los accionistas y hasta la apariencia comienza a uniformarse, quizá ya no estemos mirando un partido que superó sus diferencias.
Quizá estemos simplemente mirando una corporación que aprendió a hacer política.

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