El tiempo que late en mi cuerpo

He vivido siempre acompañada de ciclos. Como mujer, los he sentido de cerca, casi como una herencia inscrita en mi historia personal. Nací melliza, dos lunas en la misma madrugada, soy madre de dos hijas y abuela de una niña.

Siento que mi vida se ha tejido en espirales femeninas que giran, regresan y se renuevan sin cesar.
Hace años me conmovió descubrir que, antes de nuestro calendario actual, las mujeres seguían otro tiempo; uno mucho más parecido a mi forma de sentir el mundo. Era un calendario lunar de trece meses de veintiocho días, un total de 364, más un día sagrado que completaba el ciclo anual.

Ese tiempo no era una abstracción: se llevaba en la sangre. Estaba sincronizado con el cuerpo, con la menstruación, con las fases de la luna. En muchas culturas, como la celta o la maya, las palabras para “menstruación” y “calendario” eran casi la misma. El tiempo no se miraba en un reloj, sino que se sentía en la piel. Sin embargo, ese compás íntimo fue borrado.

La Iglesia declaró que el número trece era “de mala suerte” y llamó “brujería” a los rituales lunares. La menstruación dejó de ser brújula para convertirse en motivo de vergüenza. Pero los ecos de esa sabiduría sobrevivieron.

El trece siguió apareciendo como una señal secreta en mitos y tradiciones. Muchas festividades antiguas se disfrazaron con otros nombres: la Nochebuena, por ejemplo, es la “Noche de la Madre” pagana. La Pascua aún se calcula por la luna llena de primavera. Nada se eliminó del todo, simplemente se transformó.

Los romanos usaban la palabra mensuratio para medir, de la misma raíz que mensis (“mes”) y menses (el ciclo menstrual). El cuerpo de la mujer fue el primer reloj. Y yo, que soy hija, hermana, madre y ahora abuela, me reconozco como portadora de ese reloj ancestral.

Hoy miro a mis hijas y a mi nieta y siento que el tiempo lunar vuelve a respirarse. No como superstición, sino como origen. Como una verdad que me abraza: somos cíclicas, somos agua, somos luna. El tiempo, antes que un calendario, fue siempre un cuerpo.

Quizás nuestro verdadero empoderamiento no esté en la lucha contra el hombre, sino en la danza con él. Honrar nuestros ciclos no busca excluir, sino invitar a la sociedad a sostener y respetar. Porque cuando lo femenino se honra y lo masculino acompaña, no solo se equilibra el tiempo: también se renueva la vida misma.

Tal vez la memoria de ese tiempo olvidado nos invite hoy a reconciliarnos con nuestra naturaleza, a escuchar más el pulso del cuerpo que el ruido del reloj.

El futuro, sospecho, no se mide en horas: late en cada ciclo, en cada luna, en cada mujer que recuerda que el calendario primero estuvo escrito en la sangre.

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