Europa enfrenta en estos momentos la segunda ola del coronavirus. En Francia, el pico de 7,578 nuevos casos de la primera ola (p1) se registró el 31 de marzo; el pico de 52,010 de la segunda (p2), casi 7 veces más elevado que el primero, ocurrió el 25 de octubre. En España, el p1 de 10,859 nuevos casos tuvo lugar el 20 de marzo, muy por debajo del p2 de 25,595 registrados el 30 de octubre. Lo mismo encontramos en Inglaterra (p1, 7,850; p2, 26,684); Italia (p1, 6,554; p2, 31,084); Alemania (p1, 6,933; p2, 19,367); Rusia (p1, 11,656; p2, 18,283); Bélgica (p1, 2,454; p2, 23,921); Holanda (p1, 1,335; p2, 17,440); Suiza (p1, 1,393; p2, 17,440); Austria (p1, 1.321; p2, 5,627); Portugal (p1, 1,516; p2, 4,656); Suecia (p1, 1,698; p2, 3,396); Irlanda (p1, 1,508; p2, 1,283); Dinamarca (p1, 390; p2, 1,191); y Grecia (p1, 156; p2, 1,686).

Estados Unidos concurre mañana a elecciones presidenciales en medio de una segunda ola cuyo pico desconocemos si ha sido o no alcanzado. Mientras el 24 de julio tuvo lugar el pico de 79,037 nuevos casos de la primera ola, el pasado 30 de octubre, alcanzó 101,461 nuevos casos. Aunque menos dramática que en el vecino del sur, la segunda ola de la pandemia en Canadá irrumpe también con mayor intensidad. El pico de 2,760 casos nuevos en la primera ola ocurrido el 3 de mayo, fue sobrepasado el 26 de octubre con un pico de 4,109 en la segunda. A pesar de que la ciencia y los sistemas sanitarios tienen ya más experiencia lidiando con el covid-19, la magnitud de la segunda ola que se observa, podría acelerar la llegada al punto de saturación de los sistemas sanitarios de Occidente.

Mientras eso ocurre en la geografía más civilizada y desarrollada del mundo, analicemos cómo la segunda ola está golpeando a Oriente. Iniciemos por China, el lugar donde todo comenzó. El pico de 14,108 nuevos casos durante la primera ola se alcanzó el 12 de febrero. Ese dato incluye el impacto del cambio metodológico para diagnosticar los casos: a partir de esa fecha comenzaron a incluirse en el número de infecciones confirmadas, los casos clínicamente diagnosticados y no sólo los confirmados por pruebas de laboratorio. ¿Y durante la segunda ola? China no ha enfrentado una segunda ola. Hong Kong tuvo un pico de 82 nuevos casos el 29 de marzo durante su primera ola; el 30 de julio, durante su segunda ola, el pico de 149 nuevos casos se registró el 30 de julio, desde donde ha bajado a 7 el pasado 30 de agosto.

Durante su primera ola, Japón tuvo un pico de 744 nuevos casos el 11 de abril; en su segunda, el pico de 1,998 se registró el 3 de agosto. El número de nuevos casos ha venido bajando hasta llegar a 770 el 30 de octubre. En Corea del Sur, el pico de 851 nuevos casos durante la primera ola se alcanzó el 3 de marzo. Hubo un ligero asomo de una tímida segunda ola con un pico de 441 el 27 de agosto. El pasado 30 de octubre registraron apenas 114. Tailandia y Taiwán, que registaron picos de 188 y 27 nuevos casos durante la primera ola el 22 y 20 de marzo, respectivamente, desconocen la segunda ola.

El 20 de abril, Singapur alcanzó el pico de 1,426 nuevos casos en su primera ola. Los casos vinieron bajando hasta la segunda semana de julio, cuando parecía que tendría lugar el inicio de una débil segunda ola que alcanzó el pico de 908 el 5 de agosto. A partir de ahí, el virus optó por marcharse. El pasado 30 de octubre, Singapur apenas registró 9 casos. Malasia, una geografía menos disciplinada que su diminuto vecino del sur, durante su primera ola tuvo un pico de 277 nuevos casos el 4 de junio. El pasado lunes registró el pico de 1,240 de su segunda ola.

No incluimos en este grupo a Indonesia, Filipinas, India y Pakistán, pues al igual que la los países de la América Latina, estos países parecen encontrarse en la etapa descendiente de la primera ola. El gráfico de América Latina que presentamos, revela que el pasado 30 de octubre, los nuevos casos en cada uno de los países de la región, eran inferiores al pico que registraron en la primera ola. La segunda ola no parece haber llegado. La dinámica que se desprende de las cifras oficiales para el caso dominicano, es parecida a la que observamos en el resto de la región.

Estamos conscientes que muchos asignan mayor ponderación a las políticas y valores que prevalecen en Occidente, en el momento de definir el curso a seguir por nuestras políticas públicas. La mayoría de nosotros sentimos más admiración y respeto por Occidente que por el Oriente, motivados por la cercanía geográfica, la intensidad de nuestras relaciones comerciales y la acogida a nuestra población migrante. Todos pensamos en las universidades de Estados Unidos y Europa para realizar estudios graduados que nuestro país no ofrece. Incluso, los asiáticos, acompañados en la mayoría de los casos con scores de 800 en el SAT y 170 en el GRE, prefieren Estados Unidos para estudiar y por eso, sus mejores estudiantes han invadido los departamentos de STEM de las mejores universidades estadunidenses.

Lo anterior no debería llevarnos, sin embargo, a copiar políticas públicas en materia de enfrentamiento de pandemias de países que, aunque desarrollados, no tienen experiencia enfrentándolas. En Asia la tienen. Por eso, no juegan con las pandemias. Cuando tienen que decidir entre la salud pública y la “libertad”, no lo piensan dos veces; escogen la primera. Si en Asia la segunda ola ha sido extremadamente tímida o ha optado por distanciarse, se debe en parte a la adopción de reglas firmes sobre el uso de mascarillas en las vías públicas, transporte público, comercios y centros comerciales. En China, el uso de la mascarilla fue obligatorio durante los primeros 4 meses del 2020; a partir de mayo se flexibilizó la regla. En Hong Kong se hizo mandatorio a partir del 27 de julio. En Japón, aunque el Gobierno no la impone, la recomienda. El japonés prefiere estar vivo con mascarilla a ser incinerado sin ella. Lo mismo sucede en Corea del Sur. El Gobierno no sólo recomienda su uso, incluso dentro de la casa, sino que intervino 130 empresas manufactureras de mascarillas para que las vendieran a 1 euro. En Tailandia, es obligatoria en los centros comerciales; en las calles la mayoría la usa, aunque no es obligatoria. En Taiwán, es obligatoria en mercados y lugares turísticos. En Singapur, es obligatoria. Si atrapan a alguien en la calle sin ella, 300 dólares de multa. En Malasia, se recomienda su uso en las vías públicas, y es mandatorio en el transporte público y en los establecimientos comerciales.

En Pakistán, el uso se hizo mandatorio a partir del 28 de octubre. En Filipinas también es obligatorio y la policía encierra a los libertinos. En Indonesia, es mandatoria. Los que violen la norma son “contratados”, sin remuneración, para cavar tumbas, lo que ha dividido la población en dos grupos, los que usan mascarilla y los que cavan.

De Estados Unidos podemos copiar muchas cosas, pero no el libertinaje que permite a niños de 16 años comprar, en algunos estados, un rifle militar automático AR-15, o a débiles mentales ejercer su derecho a no usar mascarillas a pesar de que, con ello, contribuyen a propagar un virus que, para muchos, puede resultar mortal. Una investigación de Chernozhukov, Kasahara y Schrimpf, “Causal Impact of Masks, Policies, Behavior on Early Covid-19 Pandemic in the U.S.”, publicada en el Journal of Econometrics (septiembre, 2020), revela que el uso mandatorio de la mascarilla en EEUU en los meses de abril y mayo, habría reducido entre 17,000 y 47,000 el número de fallecidos. El libertinaje ganó y los fallecidos en EEUU ya superan 236,000 (www.worldometers.info). Si el Dr. Peter Marks, Ph.D, Director del Centro de Evaluación e Investigación Biológica de la FDA del gobierno de EEUU ha dicho que necesitaremos una vacuna del covid-19 que sea entre 70% – 80% efectiva, en lo que llega, ¿no sería sensato obligar al uso de mascarillas que, en muchos casos, tienen una efectividad de 95% para evitar el contagio? ¿Y los libertinos? A cavar tumbas o limpiar cementerios públicos.

Posted in Opiniones

Más de opiniones

Más leídas de opiniones

Las Más leídas