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La consulta del PLD -una suerte de plebiscito a celebrarse el próximo 16 octubre- es lo que estará, quiérase que no, en el tapete de la opinión pública en los próximos días por una serie de razones obvias: es el partido cabeza de oposición, gobernó por 20 años (con una obra de gobierno -luces y sombras-) y todas las mediciones, de algún crédito, arrojan que, de cara al 2024, será el partido que tendrá que enfrentar el partido de gobierno y su cuasi seguro candidato a la reelección -el presidente Luis Abinader-.

Sin embargo, no es tema central de este artículo la referida consulta per se, sino el de una intención manifiesta -que a leguas se observa-: el interés o estrategia de invisibilizar, desde adentro y afuera (inventando inverosímiles narrativas de “último minuto”), al precandidato Francisco Domínguez Brito, por, quizás, disímiles razones: a) es el único precandidato peledeísta capaz de la autocrítica -es decir, de situar su discurso y propuesta de gobierno en un contexto de crítica y autocrítica sin dejar de ejercer su rol de dirigente y aspirante opositor-, b) algunos lo ven con ojeriza, pues muchos saben que de llegar al poder no podrán “hacer y deshacer” sin consecuencias inmediatas; y c) es un precandidato de una ética inquebrantable, que además, de llegar a candidato presidencial, sumaria su experiencia de estado y condiciones excepcionales de profesional y político prudente y comedido, pero firme en sus convicciones e identificado con los más desposeídos y la deuda social acumulada.

Por sus exposiciones y trayectoria pública, sabemos que es un precandidato con una visión acabada sobre la agenda prioritaria y urgente que necesita el país, lejos de show mediático, judicialización de la política o descuidar los consensos para conjurar falencias históricas-estructurales en vez de aplausos mediáticos.

Por ello, inferimos que Francisco sería un presidente atípico en sentido de inaugurar un paradigma de ejercicio del poder más institucional y de transparencia. Algo totalmente nuevo y beneficioso para desterrar la “cultura de gallera” que por tanto tiempo prevalece en la administración pública, pues haría añicos el sentido de pertenencia -llámese nepotismo- de los puestos públicos, las Islas de poderes y de no pocos privilegios que disfrutan ciertas instancias gubernamentales -centralizadas o no-.

No obstante, y a pesar de ese interés, imposible, de invisibilizar a Francisco, los peledeístas y aquellos ciudadanos no inscritos en ningún partido, deberán reparar en el calibre y equipaje de un precandidato idóneo, pulcro, capaz y apto para ejercer el poder sin fijaciones, presiones mediáticas; pero, sobre todo, desde una visión integradora y objetivos bien definidos -en otras palabras, nada de improvisación-.

Tal vez esté equivocado, pero tengo la impresión que con Francisco Domínguez Brito, conduciendo el país, por fin, entraríamos a una nueva etapa de gobernar con más transparencia y honestidad. Y de resultar candidato; y luego presidente, estaríamos ante una inflexión o ruptura -histórica-política- matizada de reformas y de cambios-relevos impostergables.

Posted in Opiniones
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