Hay quienes prefieren tu vieja versión

Hay cambios que nadie ve; no empiezan con aplausos ni con grandes declaraciones, empiezan despacio: un día te acuestas más temprano, otro decides volver al gimnasio, otro dices “hoy no voy a comer azúcar”. Y así, casi sin darte cuenta, empiezas a moverte hacia una versión tuya que se siente más honesta.

Pero lo curioso es que esos cambios tuyos, tan interiores, suelen inquietar más a la gente que te quiere que a ti mismo.

Porque cambiar (honestamente) descoloca.

No hablo de un giro dramático; hablo de cosas sencillas: retomar los estudios después de años, pensar en cambiar de carrera cuando todo el mundo creía que ya tú “estabas establecido”, comenzar un hobby que nada tiene que ver con lo que hacías antes, bajarle el volumen a ciertas comidas que te inflamaban o te dejaban sin energía, o simplemente reconocer que algo ya no te hace bien y soltarlo. La lista es larga. La mía tomó tres años.

Tres años en los que hice un inventario silencioso de mis hábitos, mis horas de sueño, mis ganas de sentirme mejor, mis prioridades y mis límites.

Y sin embargo, lo más sorprendente no fue lo que cambió adentro. Fue lo que pasó afuera, los cuestionamientos, que procuraban, desde el amor, buscar explicación a esta “nueva yo”.

—¿Y ahora ya tú te acuestas tan temprano?
—¿Pero tú no estabas feliz con tu carrera?
—¿Tú vas a volver a estudiar a esta edad?
—¿Qué es lo que te ha dado con el gimnasio?
—¿Y ya tú no comes tal cosa?
-¿Por qué tú no tomas alcohol?

Lo preguntaban con risa, con cariño, con cierto asombro… pero detrás siempre hay una frase no dicha: “Vuelve a ser la persona que yo entiendo. La que eras”

La versión que ellos reconocían. La que encajaba en rutinas que ya estaban establecidas.

Entonces es cuando te das cuenta de que cambiar no es solo cambiar tú: es renegociar la relación que los demás tienen con tu identidad. Porque la gente se acostumbra a la versión antigua de uno, aunque esa versión te quedara apretada, aunque ya no te reflejara.

Y cuando decides mejorar, aunque sea en cosas pequeñas, algunos lo sienten como si estuvieras abandonando una especie de pacto invisible.

Pero la verdad es otra: uno no cambia para lucir diferente; Uno cambia para sentirse diferente. Para sostenerse mejor. Para escucharse sin culpas. Para vivir desde un lugar donde la energía alcanza y la mente respira.

A veces, cambiar es simplemente elegirte. Elegirte de una manera que no habías tenido el valor, la disciplina o la claridad de elegirte antes.

Y eso, inevitablemente, incomoda.

Posted in Opiniones

Más de opiniones

Más leídas de opiniones

Las Más leídas