Chopin es el síndrome de Stendhal hecho melodía. Y eso es su virtud y su techo: su repertorio, en general, no tiene mucho más que decir más allá del sentimentalismo introvertido. O eso me parece. Saber, además, que no hay ganadores recientes del Concurso Chopin de Varsovia que “rompan el molde” elevaba mi sospecha de que se había llegado al límite de la expresión chopinista.

El mes que viene se celebra otro concurso Chopin y puede que me equivoque. Mientras tanto, prácticamente la única “chopianista” contemporánea que me interesa escuchar es Ingrid Fliter, una argentina que obtuvo el segundo puesto hace un cuarto de siglo y que, al día de hoy, es la última que, considero, rompió ese molde. Con una discografía previa dedicada a la odisea chopiniana, iniciada hace más de una década, ahora aborda sus mazurcas completas en Mazurcas Vol. 1 (septiembre, 2025).
Fliter, una de las últimas solistas en firmar con EMI Classics antes de su quiebra, prácticamente abandonó los conciertos públicos y se retiró a Italia para criar a un hijo. Así, su nuevo conjunto de mazurcas es una revelación. Intuye cosas que otros ejecutantes de Chopin pasan por alto. En la sexta de sus mazurcas hay una melancolía que podría cortarse con un cuchillo de mantequilla. En otras, baila hasta el final del amor, como diría Leonard Cohen.
Ingrid Fliter siempre es interesante. Sus Fazioli podrían ser una lira celestial, puro ángel. Y cuenta con el respaldo de estudio de Linn que, a menudo, produce el tono de piano más lúcido jamás grabado. Un disco que llama al sentimiento y no decepciona.
