En el 2005, las tensiones entre México y Venezuela alcanzaron el más alto nivel y ambos países estuvieron a punto de llevar sus discrepancias a un rompimiento total de relaciones. La historia comenzó a muchas millas de distancia de sus capitales, en Mar del Plata, Argentina, en ocasión de una accidentada Cumbre de las Américas, auspiciada por el gobierno de Estados Unidos.
A juzgar por los hechos, no existieron razones para el conflicto. Fue el presidente Hugo Chávez, de Venezuela, que agrió la fiesta por algo que no estaba dirigido a él. No conforme con el excesivo protagonismo que ya venía escenificando, mucho antes de la reunión sobre el tema del libre comercio, Chávez tomó como una ofensa personal un comentario de su colega mexicano Vicente Fox dirigido al anfitrión de la cita, el presidente Ernesto Kirchner. Según Fox, el mandatario argentino parecía más interesado en complacer a la opinión pública que en el éxito de la conferencia.
Por supuesto, la observación del mexicano molestó al argentino. Pero la fiebre no llegó a producir escalofríos y al día siguiente, superado el disgusto inicial, los cancilleres de ambos países hicieron pública una declaración conjunta que dejaba atrás cualquier malentendido. Fue entonces cuando intervino Chávez, quien ya se la había lucido con extravagantes acusaciones contra Bush, a quien luego llamó “asesino, genocida y loco”, y una no menos insólita intervención de varias horas en una manifestación contraria a la cumbre a la que él asistía en su calidad de presidente. Sin ningún respeto por las formas, llamó a Fox “cachorro del imperio” usando contra él otros epítetos ofensivos, que provocaron la llamada a consulta de sus respectivos embajadores.
Fox había hecho esfuerzos por normalizar la situación, pero Chávez se negó a retirar sus acusaciones o pedir disculpas por ellas, añadió en cambio nuevos insultos, y revivió con ello un estilo diplomático que produjo muchas tensiones a la región.
