Los desequilibrios presupuestarios

A pesar del enorme déficit presupuestario, estimado en un 3.5 del PIB, se pueden contar por montones las yipetas y carros de lujo con placas oficiales estacionados en los parqueos de los restaurantes de lujo a cualquier hora del día.

Las cuentas de esos comensales con toda seguridad pasan a engrosar los gastos de representación de los funcionarios que en esos lugares se dan la gran vida en días laborables y no laborables en el calendario oficial.

Se ha escuchado a cada gobierno reclamar respaldo a sus esfuerzos por nivelar las finanzas públicas, que una vieja tendencia al gasto sin control ha desnivelado administración tras administración. Pero salvo una que otra medida más bien simbólica, históricamente no se imponen al sector público las mismas restricciones que a los ciudadanos comunes y corrientes. Por decenios las quejas se siguen escuchando, un posible mal presagio de protestas

Cuando la gente del Gobierno actúa en riña con la austeridad que los tiempos y la ley imponen, la posibilidad de que sus demandas de apoyo encuentren eco es prácticamente nula. Así ha sido siempre. Si quienes sufren los rigores de los vientos de calamidad que soplan sobre el país no ven ejemplos desde arriba que justifiquen sus propios sacrificios, no estarán entusiasmados con ofrecerlos. Esa ha sido la historia.

En definitiva, y contrario por años al pensar oficial, son muy pocos los que aquí “viven como ricos” y sí muchos, en cambio, los que están saturados de impuestos. Esa es una realidad que los gobernantes tienden a ignorar cuando los períodos iniciales de luna de miel empiezan a desaparecer y surgen las dificultades. Es cuando se olvidan de que están ahí para garantizar el patrimonio público, no para disponer de él como si fuera propio.

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