Los gobiernos no son todo lo buenos que los funcionarios dicen ni todo lo malos que sus opositores creen. Todos, sin probable excepción, han tenido logros verdaderos. Unos en el área de la macroeconomía, otros en el campo de la tecnología. Y casi siempre concebidos con una amplia visión de futuro.
La estabilidad económica de las últimas décadas es un hecho, no una teoría. Algo que todos ellos pueden reivindicar como un aporte real, a despecho de las mezquindades políticas.
No todo, sin embargo, es color de rosa. Siempre ha habido quejas relacionadas con la inseguridad ciudadana, el desempleo, los servicios públicos que brinda el Estado, la energía eléctrica, el transporte público y el gasto social, a pesar de las fuertes sumas que se invierten en esta última área.
Hubo etapas en que el estilo oficial parecía crear adicional inconformidad, especialmente en lo concerniente al gasto público. Se entendía entonces que ciertas obras, como el Metro, se privilegiaban en detrimento de otras respecto de las cuales parecía haber mayor demanda. Al final resultó tan útil como lo sigue siendo.
De todas maneras, un buen o un mal gobierno resulta por lo general el fruto de las circunstancias. El balance final que determinará la nota a dársela al actual solo se tendrá cuando llegue la hora de hacerlo. Aún le queda un largo trecho, lo cual le concede la oportunidad de cambiar donde se haga necesario.
A diferencia de los que quieren elegirse mientras vivan, no debería estar atado en el fangoso sendero del clientelismo, ni bajo la traicionera ilusión del aplauso de un poder, en el fondo, tan fugaz como un suspiro. Está a salvo de una ruta que no concluye nunca, llena de trampas y decepciones. Su ventaja es que al cerrarse a sí mismo el camino de la continuidad sin límites, puede hacer por el país lo que el amor por el poder impidió a otros intentarlo.
