La envidia en sus múltiples expresiones

La enciclopedia define la envidia como. “ Sentimiento de tristeza o enojo que experimenta la persona que no tiene o desataría tener para sí sola, algo que otra posee”. También apunta el “mata burros” como: “Deseo de hacer o tener lo que otra persona tiene”. Estas personas perciben que a ellos “les hace falta” y, por ende, desean el mal del prójimo y se “regodean” con el mal ajeno. De hecho, el cristianismo considera la envidia, como uno de los pecados capitales. aunque en la Biblia no aparecen listados como tales. Como derivó en ello, tiene su historia, que escapa al ánimo de este artículo uno de los Mandamientos, cuando en el 10mo. expresa sobre codiciar los bienes del otro. En el ambiente criollo, el “mal de ojo” es una manifestación clara de una envidia mayor, que rodea a quien es objeto de ese sentimiento, de una negatividad tal que puede producir daños a quienes se dirime ese deseo cargado de negatividad. Como sentimiento es el más sincero de todos, por lo difícil que es de esconder y “sale” solo sin que medie la voluntad. Donde más se evidencian esas manifestaciones de la siquiera, es en las comunidades pequeñas, donde se puede apreciar sus animosidades invertidas. Existen familias que son “magnetos” de esa envidia ajena y la vida de casi todos sus miembros está marcada por ese sentimiento adverso, que incluye la hipocresía, dado que “envidioso” procura la cercanía, aunque casi siempre momentanea, por no poder esconder las reacciones adversas que ello le produce. Dice un adagio que “el éxito no se perdona”, y esto porque se entiende que los logros corresponden al envidioso y no al exitoso. Siempre se atribuye a la suerte, a que heredó o simplemente fue “generosa” la mujer que por méritos propios logra superar la adversidad y corona con glorias, sus sacrificios y privaciones. La belleza, atributos femeninos y masculinos, color de ojos y pelo, inteligencia y más, se mezclan en confuso “sancocho de sentimientos”, produciendo al que envidia un conjunto de sensaciones profundas de frustración, con reflejos dañinos sobre la autoestima y, por ende, la infelicidad. Los limpios de espíritu son “inmunes” a esta expresión tan humana de la envidia.

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